Narrativa y lectura objetiva desde la gramática de la literatura

Galo Guerrero-Jiménez

Las narrativas que cada uno de nosotros asume día tras día, tanto para comunicarnos cuanto para emprender cotidianamente en las tareas profesionales u ocupacionales, deben estar encaminadas neurológicamente hacia la potenciación de un crecimiento personal desde la comprensión literal, inferencial y crítico-axiológico-filosófica, para que podamos actuar desde una atinada sanidad personal, la cual se fragua a la luz de una adecuada conciencia lingüística.

Así, la innovación, el pensamiento fluido, la creatividad y la resolución de problemas se podrían llevar a cabo desde la creatividad y la armonía de una tonalidad sagradamente hermosa, contemplativa, dada su luminosidad de ideas para actuar lingüísticamente desde el silencio mental, que dice mucho, porque redime nuestra condición humana para actuar desde la mayor energía vital y en consonancia con lo visible: subjetiva y objetivamente evidenciado, en la medida en que nos fortalecemos intelectual y emocionalmente para ahuyentar el ego, que es el que oscurece la quietud con la que, narrativamente, respondemos  desde la fluidez pragmática más acrisolada, argumentada y consolidada de nuestra condición humana.

De ahí que, cuando nos apropiamos de una narrativa lectora, abiertamente involucrada con el criterio de la voluntad y de la autonomía más sentida, para leer un texto literario, por ejemplo, de nuestra libre elección, nos merece una atención y una digestión de su discurso, tal como lo plantea el papa Francisco: “Se debe reconocer que la literatura es como ‘un telescopio’ (…) enfocado en los seres y en las cosas, imprescindible para concentrarse en ‘la gran distancia’ que lo cotidiano traza entre nuestra percepción y el conjunto de la experiencia humana. ‘La literatura es como un laboratorio fotográfico en el que es posible elaborar las imágenes de la vida’, a fin de que descubran sus delimitaciones y matices. Esto es para lo que ‘sirve’ la literatura, para ‘desarrollar’ las imágenes de la vida, para preguntarnos sobre su significado. En pocas palabras, sirve para hacer eficazmente experiencia de vida” (2024).

Esta experiencia de vida desde la literatura, según Francisco, es una narrativa planteada desde una visión profunda, debidamente experienciada en una práctica lectora y de profesorado que en su juventud sacerdotal ejerció con dinamia. Por eso, la escritora Mónica Acebedo sostiene que “los profesores de literatura adquieren, a través de los años, la capacidad de comprender un lenguaje o idioma de lectura. Se refiere a una especie de gramática de la literatura que incluye convenciones, patrones, códigos y reglas que los profesores aprendemos a utilizar. Al igual que cualquier idioma, el literario tiene una gramática que incluye reglas que gobiernan su uso y significado” (2025).

Esta gramática de la literatura, por lo tanto, forma parte de una narrativa que, en efecto, incluye reglas tan evidentes como las que asume un docente y, particularmente, el lector, como aquella de que, si partimos de una lectura objetiva, se puede dictaminar que, “para leer analíticamente y para lograr formarse una opinión de un libro, sea cual sea su género, es indispensable apartarse de las propias creencias éticas, morales, políticas, históricas y religiosas. Leer objetivamente supone abstraerse de dogmas subjetivos. Así, si una persona es atea, no por eso va a dejar de leer la Biblia (…) que es considerado uno de los textos literarios más importantes de la antigüedad” (Acevedo, 2025).

En este orden, “la literatura es una forma de ver el mundo y, en esa medida, resulta enriquecedor acercarnos a los diferentes mundos que crea la literatura” (Acebedo, 2025) con una visión de la realidad en la que el lector es el autor de su gramaticalidad y narratividad.