Juan Luna
Quilanga, 21 de agosto 2025
Los fenómenos migratorios, históricamente, siempre han existido, sea, migración interna o externa, lo cierto, es que la movilidad humana, condición innata por su afán de supervivencia, superación o búsqueda de nuevas aventuras en la vida deja secuelas en los pueblos, en las familias y en las relaciones sociales.
El país entero en el ocaso de la década de los años noventa del siglo pasado, agobiado en una profunda crisis económica generada en el sistema bancario y con índices muy altos de desempleo y subempleo generaron condiciones para que aproximadamente tres millones de ecuatorianos padres de familia, jóvenes universitarios y profesionales dejaran su patria y su parentela.
Nuestro naciente cantón Quilanga, no fue la excepción. Un día se iba uno, al siguiente otro. Anochecían unos y ya no se los volvía a ver al siguiente día. Todo era un secreto cargado de misterio que encerraba mucha tristeza, mucho dolor y disfuncionalidad de las familias. Recuerdo tanto a un tierno niño de cinco años, mi vecino, cada tarde, a la hora que llegaba el turno de la Unión Cariamanga salía a encontrar a su madre que ya venía de Loja, al final su madre regresó con los años y el creció con sus abuelitos y el apoyo de sus tíos y tías.
Así fueron pasando los días, parecía nuestro cantón convertirse en un pueblo fantasma, sin los jóvenes padres de familia que dejaron a sus retoños bajo el cuidado de sus abuelitos, ellos, inocentes correteaban sus calles luego de su jornada escolar y le daban vida al pueblo, las noches eran lúgubres, las puertas se cerraban muy pronto parecía que todo había muerto, el silencio en las esquinas de los jóvenes que se apostaban a reír, conversar, contar historias quedaron en un silencio sepulcral.
El aire de silencio aguardaba esperanza “ojalá mi hijo pueda llegar y le vaya bien” “que pueda hacer su casita donde vivir para que vuelva” eran quizá las frases que más se escuchaban y repetían en las conversaciones. La débil comunicación de la época sumaba el silencio, de pronto el timbre de uno los teléfonos de las veinticinco familias beneficiarias con línea convencional de andinatel, alertaba a todos, que en apretada carrera salía a comunicarle que la van a llamar del exterior, si no podía hacerlo personalmente, le pedía a alguien que cruzaba la calle le avise.
Pasaron los años. Algunos empezaron ya a regresar, las comunicaciones con la presencia de la tecnología (celular e internet) mejoraron y crearon cercanía. Muchos de los migrantes ya empezaron a formalizar familias y adquirir un estado regular y legal en sus países de residencia, sin duda, aquello abría el camino para un retorno y reencuentro con su familia, con sus paisanos, con su historia, con su identidad, sus costumbres, valores, y, sobre todo, presentar y reconocer a la familia que se ha multiplicado.
Afirmo convencido que nuestros migrantes luego del sufrimiento, del desarraigo, de la invisibilización se han superado, han ganado un espacio en el medio social y laboral, se abren campo a nuevas iniciativas para enfrentar nuevos retos, ganan independencia, económicamente son estables y con sus familias constituidas y sus hijos estudiando y formándose seguro que llegarán días mejores para todos.
El dicho popular “yo salí del pueblo, pero, mi pueblo no salió de mí” motive a cada uno de ellos por mejores derroteros y que su ímpetu, su sentido de pertenencia no falte y poder juntos en un gran abrazo construir el cantón de nuestros sueños.
