Galo Guerrero-Jiménez
Todo cuanto hacemos en la vida y todo cuanto tenemos en la naturaleza conforman una gran cosmovisión para que social, cultural y educativamente, cada ser humano aprenda a relacionarse y a realizarse con una perspectiva de lo más plenamente humana a través de una cosmovisión, si le es posible: científica, filosófica, religiosa, cívico-político-democrática, o en cualquier orden de la vida en la que nos encontremos pragmáticamente para que aprendamos a darle el valor comunitario que nuestro ecosistema se merece gracias a que, personalmente, cada ser humano aporta desde su cosmovisión para empoderarse de la existencia y de la realidad con las cuales convive en comunidad con la dinamia de su narratividad.
Desde esta óptica, lo que el mundo de hoy necesita es que estemos preparados de conformidad con nuestra identidad educativo-cultural para que podamos influir adecuadamente en la toma de decisiones que, como ciudadanos, estamos llamados a comprometernos socio-políticamente. En consecuencia, con el capital natural que cada uno aporta, es oportuno destacar lo que señala Nila Velázquez: “Es responsabilidad de las instituciones educativas y de los mismos partidos políticos educar para el ejercicio de la ciudadanía. El país necesita educar para hoy, pero también para el futuro. El nuestro no es un país pobre, es un país rico y empobrecido por la falta de formación y de planificación y trabajo, que las nuevas generaciones necesitan para crecer con pensamiento crítico, creatividad, solidaridad y entrega al desarrollo personal y de una comunidad que hoy solo tiene la esperanza” (2025) de la comunión.
Por supuesto que, la esperanza es un buen síntoma axiológico y hermenéutico que nos permite buscar la manera más adecuada para, en este mundo de la inmediatez y de las pantallas virtualizadas, aprender a tener acceso al conocimiento para educarnos comunitariamente, quizá al estilo de lo que señala el papa Francisco: “La educación siempre es un acto de esperanza que mira al futuro desde el presente; y, como la esperanza, es peregrina, pues no puede existir una educación estática. Es una trayectoria en dos sentidos, un diálogo que no significa ni condescendencia ni relativismo, y que desvela su secreto en tres lenguajes: el de la mente, el del corazón y el de las manos. La madurez exige que se piense en lo que se siente y se hace, que se sienta lo que se piensa y se hace, que se haga lo que se siente y se piensa. Es un coro, una armonía que pide ser cultivada en primer lugar por nosotros mismos” (2025).
Ese nosotros coral que, desde su cosmovisión, es un yo y un tú armónico que, en efecto, configuran un talante educativo lingüísticamente dispuesto para “hablar bien, disponer de un habla rica y diversa, encontrar la expresión adecuada para cada idea o emoción que se quiere comunicar, significa estar mejor preparado para pensar, enseñar, aprender, dialogar, y, también, para fantasear, soñar, sentir y emocionarse” (Vargas Llosa, 2015).
Una disposición de la palabra, entonces, que recoja nuestra condición humana, como lo hace la literatura, la filosofía, la psicología, la sociología y un sinfín de disciplinas que tienen que ser estudiadas, analizadas y referenciadas en nuestra cosmovisión. Para ello, como señala Dayse Villegas Zambrano: “Es necesario que la escuela abra espacios que liberen al niño a leer por su cuenta, por interés, sea que lo traiga de casa o que lo encuentre en la escuela. ‘Esa posibilidad les permite desarrollar la fantasía, la sensibilidad, la memoria, la expresión oral y escrita, el vocabulario, el conocimiento y la comprensión de las estructuras gramaticales que la educación tradicional nos enseñó como reglas’” (2025) para pensar pragmática y semánticamente y educar nuestro corazón y la razón con la mayor emotividad que la esperanza nos brinda para educarnos desde la palabra que se activa desde un lenguajear profundamente humano.
