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El maltrato a los animales no es un incidente ocasional, ni un problema menor: es el reflejo de una sociedad que aún no ha aprendido a respetar la vida. Cada vez que se descubren casos de animales viviendo en condiciones despreciables —desamparados, golpeados o dejados a su suerte— surge la pregunta: ¿dónde están las autoridades y por qué no actúan con la rapidez y la firmeza que la gravedad lo requiere?
La indignación ciudadana es comprensible y necesaria. Frente a estas injusticias, las marchas, plantones y manifestaciones cumplen un rol esencial: visibilizar el problema y exigir que la justicia haga su trabajo. Pero la forma en que protestamos también importa. Manifestarse con carteles, cánticos y voces firmes es un acto de responsabilidad colectiva; sin embargo, cuando se cae en agresiones, insultos o vandalismo, el mensaje pierde fuerza y se confunde con desorden. No se trata de rebeldía ni de malcriadez: se trata de exigir justicia para quienes no tienen voz.
Los animales tienen dignidad (“basada en su capacidad de sentir dolor, miedo y otras emociones, así como en su valor intrínseco como individuos con una vida propia”) y merecen respeto tanto como los seres humanos. Y la obligación de castigar el maltrato recae en las instituciones aplicando las leyes. En el Código Orgánico Integral Penal, COIP, en su Art. 249, establece “Lesiones a animales que formen parte del ámbito de la fauna urbana. – La persona que lesione a un animal que forma parte del ámbito de la fauna urbana causándole un daño permanente o cause la muerte será sancionada con pena privativa de libertad…”.
El papel de la ciudadanía es exigir que esas leyes se cumplan, sin tergiversaciones ni excusas. Lo demás —la impotencia, la indignación, la frustración— debe convertirse en una energía canalizada hacia el cambio real.
Indigna el maltrato a los animales, indigna la desigualdad y la corrupción, indigna ver cómo el poder suele someter al más vulnerable. Todo proviene de una misma raíz: una sociedad que aún no ha alcanzado a comprender la importancia de la vida y sus valores.
Lo que se busca con esto, es recordar, que como sociedad aún estamos en gran deuda con la ética y el respeto a toda forma de vida. ¿Qué sociedad queremos ser? Y mientras no lo entendamos, seguiremos repitiendo la misma historia: medidas flojas, culpables impunes y víctimas olvidadas.
