Una ética contemplativa desde la morada interna del texto leído

Galo Guerrero-Jiménez

Enamorarse de la lectura de un buen texto que nos haga pensar, reflexionar y sentir cada palabra en lo más hondo de nuestra psique, es enamorarse de nuestra grandeza humana, pero también, es adentrarse en los vericuetos de la vida que, con sus tragedias, sus desgracias y sus vicisitudes, nos permite gestionar nuestro intelecto y nuestra emoción para extraer lecciones de vida de esas circunstancias adversas y leídas al calor de la escritura que puede estar plasmada en una obra literaria, en un ensayo o en una obra científica que desde su facticidad, o desde la ficción enriquecida por la belleza de la palabra, realiza un análisis descriptivo, expositivo, narrativo, comparativo, de contraste, argumentativo, reflexivo, enunciativo, filosófico, antropológico y/o poético; todo, con el ánimo de que  nos entrenemos, desde la lectura, para comprender el mundo en sus múltiples manifestaciones humanas y poder intervenir en él desde nuestra mejor idiosincrasia personal, ocupacional, profesional o de estudiante en movimiento intelectual para galantear mi dignidad desde el conocimiento que, debidamente leído, asimilado, reflexionado, cuestionado, dialogado, interrogado, pueda ser partícipe, es decir, el mejor actor o interviniente para comunicarme lingüísticamente y entrar en comunión con la comunidad a la cual me debo como existente y participante de ese conglomerado humano.

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“El profesor me tiene pica”

Fernando Cortes

Hay escenas que se repiten generación tras generación en las aulas de escuela y colegio. El estudiante llega a casa con malas notas y, antes de que alguien pueda preguntar qué pasó, ya tiene la excusa perfecta: “Es que el profesor me tiene pica”. (Habrán excepciones), pero en la mayoría no importa si faltó a clases, si no estudió o si no hizo las tareas. La culpa es siempre del maestro que, inexplicablemente, decidió perseguirlo.

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