P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ
Una lectura reposada de la Palabra de Dios nos lleva a interiorizar en el misterio de la naturaleza humana y divina. En los textos propuestos para la liturgia dominical encontramos expresiones que esconden verdades, tan evidentes como un atardecer. La profecía ocupa un lugar privilegiado en la Historia de la Salvación. El clamor de Amós, himno de fidelidad a la alianza con Dios, golpea los cimientos profundos de una sociedad que ha confundido el brillo de la verdad con oscuros intereses. La frase, “¡Ay de ustedes, los que se sienten seguros en Sión y los que ponen su confianza en el monte sagrado de Samaría!”, denota un serio cuestionamiento a la realidad de idolatría y perversión del pueblo.
El oráculo del profeta, directo y triste, anuncia el tiempo de la división y la debacle del reino del norte. Camino al destierro, a la cabeza de los cautivos, “terminará la orgía de los disolutos”. El profeta encarna a un hombre de Dios que denuncia maldades y perversión. El pueblo prefirió recorrer un camino que lo condujo al abismo. La historia grabada en clave de desolación, marcó un hito imborrable. En la literatura poética y sapiencial, el autor de un himno, que alaba la grandeza del Creador, agradece y reconoce la importancia de la justicia divina: “Ama el Señor al hombre justo y toma al forastero a su cuidado”.
Los personajes bíblicos, hombres que han recibido una llamada que los involucra en una misión de servicio al prójimo, abren la puerta de ingreso hacia un mundo renovado, necesario, como el comienzo de una vida nueva. Necesitamos volver, como el hijo pródigo, al hogar que nos vio nacer. En él vamos a disfrutar del banquete fraterno y sustancioso, entre la paz y el perdón. Pablo, amigo de la reconciliación y del encuentro con Jesucristo resucitado, dirige a Timoteo su testamento espiritual. Le anima a “llevar una vida de rectitud, piedad, fe, amor, paciencia y mansedumbre”. Las virtudes transforman al ser humano, llenan su vida interior de buenos propósitos que le comprometen para que asuma nuevos retos.
La realidad, que nos envuelve, necesita del dinamismo y la presencia de hombres y mujeres que reflejen el coraje de emprender el viaje hacia cumbres muy altas: “Lucha en el noble combate de la fe, conquista la vida eterna a la que has sido llamado y que hiciste tan admirable profesión ante numerosos testigos”. Todo, en nombre del Rey de Reyes y Señor de Señores, Jesucristo. “A Él todo honor y poder para siempre”. Lucas, un hombre de Dios, cuenta una nueva enseñanza de Jesús en un contexto polémico. Dirige su parábola a los dirigentes políticos y religiosos, escribas y fariseos. En ella pone el dedo en la llaga. La ambición desmedida, el afán incontrolable por acumular riqueza, a costa de los indigentes, ha creado un infierno de división e injusticias.
La palabra profética, proclamada por hombres de bien, nunca fue escuchada. El abismo inmenso, en el que han caído, “nadie puede cruzar, ni hacia allá, ni hacia acá”. Dios nos regala el tiempo necesario para hacer el bien. Evitemos las guerras fratricidas, señales de destrucción, acantilados que muestran el ombligo de la muerte.
