Fernando Oñate
El camuflaje es una de las maneras más comunes de defensa. Cuando un animal puede mimetizarse con su entorno o imitar algo ajeno, puede escapar pacíficamente de los depredadores o acercarse sigilosamente y atrapar a sus propias presas. Si bien existen diferentes animales y insectos que tienen cualidades de mimetismo sobresalientes, ninguno supera al pulpo imitador, quien puede imitar a la perfección al menos a 11 tipos de animales diferentes entre los que se destacan el lenguado, el pez león, los cangrejos gigantes entre otros.
Cuando los seres humanos, al relacionarnos con otras personas, los imitamos de manera inconsciente, experimentamos el denominado “efecto camaleón”. Se cree que la razón de ser del efecto camaleón es llegar a establecer algo parecido a una sincronía con la otra persona que permita agradarla más y facilitar la comunicación. Por el efecto camaleón, durante una conversación, nos encontraremos reproduciendo expresiones faciales, acentos o tono de voz de nuestro interlocutor.
Si bien el efecto camaleón es una tendencia inconsciente, podemos imitar el comportamiento de una persona de manera deliberada. No me refiero a una falta de autenticidad, ni a una pérdida de sentido de identidad, sino a optar por realizar las cosas de manera correcta. ¿Y cuál es la manera correcta? El apóstol Pablo tenía la respuesta: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Corintios 11: 1). Y es que Cristo Jesús es el modelo del varón perfecto (Efesios 4:13), justo, fiel, íntegro, lleno de amor y misericordia.
Y el llamado a imitar a Jesucristo es para todos nosotros: “no imites lo malo, sino lo bueno. El que hace lo bueno es de Dios; pero el que hace lo malo, no ha visto a Dios” (3 Juan 1: 11). El apóstol Pedro insiste: “porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo” (1 Pedro 1 :16). En este punto no faltará quien diga que alcanzar la santidad es imposible o que ese camino es para unos pocos elegidos y de cierta manera puede ser así, pero está en nosotros elegir transitar por el camino correcto a pesar de que tendremos que pagar un precio. Por esto el apóstol Pedro escribía “pues Dios los llamó a hacer lo bueno, aunque eso signifique que tengan que sufrir, tal como Cristo sufrió por ustedes. Él es su ejemplo, y deben seguir sus pasos” (1 Pedro 2: 21 NTV). El precio puede parecer alto al inicio, pero es insignificante frente a la bendición de tener a Cristo en nuestras vidas.
La invitación la hace Jesucristo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame” (Marcos 8: 34). Usted elige.
