Galo Guerrero-Jiménez
Cambiar de vida a partir de lo que se lee con la dinamia de entender un texto y de poder reconstruirlo mentalmente, es muy significativo en el desarrollo de nuestra vida cotidiana. Un cambio que no implica dejar de hacer lo que en nuestra rutina diaria llevamos a cabo, sino, más bien, cómo emprendemos reflexivamente con una nueva visión sobre el mundo en el cual nos movemos contextualmente.
Ese cambio de vida se expresa sobre la base armónica de un complemento de integración cognitiva, con elementos lingüísticos que se incorporan semántica y pragmáticamente a nuestra memoria, a través de un conjunto de palabras que, por su importancia en el tratamiento de ese contenido escrito, me ayudan, como lector, a la obtención de una nueva narrativa, con un tono y una pluralidad de voces que me posibilitan una atmósfera de articulaciones culturales, humanísticas, científicas y estéticas, o de otro orden temático, según sean mis preferencias lectoras para degustar de ese encuentro con el texto.
Este cambio de vida y de perspectiva ante el mundo de mi quehacer profesional y ocupacional a través de la lectura de un texto que debe ser de mi agrado, para que el impacto mental sea atrayente y libremente incorporado a mi inteligencia lingüística, es lo que al lector lo dignifica; pues, la impresión que a uno le causa la lectura de un tema, según el gusto por lo leído, fortalece nuestro talante intelectual y socioemocional para seguir emprendiendo con entusiasmo y con la debida pasión personal en nuestras tareas diarias.
Así le sucede a uno de los grandes investigadores dentro del campo de la historia de la pragmática textual, como es el caso del estudioso francés Roger Chartier, el cual, con toda la pasión y entrega de su talante académico, ha hecho posible que “su trabajo se haya centrado en la historia cultural y, en particular, en el estudio de la articulación de la historiografía, la escritura, el libro como objeto impreso y las prácticas de lectura, entre otros; es decir, comprender la cultura escrita en su complejidad y en su historia” (Araya y González, 2021), son sus metas más preciadas que, con todo el fervor de su grandilocuencia académico-profesional, lo han encaminado a trabajar haciendo propuestas hermenéuticas en las que aborda, con toda la cultura de su formación y de su pasión letradas, en “una profunda revisión del modo y método de construcción de la historia, que decanta en una propuesta crítica que complementa la tradición formal de la escritura de la historia con la integración de la memoria y de la ficción como elementos constructivos de la realidad, reformulando con ello el paradigma y asidero del relato histórico” (Araya y González, 2021).
Su vida, como podemos apreciar, se altera, cambia, sin dejar de ser lo que es como investigador, el cual ha logrado una nueva perspectiva de trabajo, de estudio, de lectura y de escritura al más alto nivel intelectual y de aporte a la humanidad para provocar contextos dialógicos, reflexivos, hermenéuticos, críticos y de investigación en aquellos ciudadanos que tengan interés por el estudio de esta disciplina humanística y emblemáticamente histórico-axiológico-cognitiva.
Por consiguiente, a partir de lo que se lee, cómo se lee, para qué se lee y por qué, se abre una panorámica de lucidez mental, porque, lo que ese estudioso está haciendo es que lee para saber cómo vivir con esplendor; por lo tanto, “rastrear el modo en que está representada la figura del lector en la literatura [o en cualquier temática de su agrado] supone trabajar con casos específicos, historias particulares que cristalizan redes y mundos posibles” (Piglia, 2015), en donde la lengua se abre a un campo de realización personal exquisito, responsable, sublime.
