El baúl de los recuerdos: Aniversario del Colegio Bernardo Valdivieso

Efraín Borrero Espinosa

El emblemático Colegio Bernardo Valdivieso conmemoró doscientos noventa y ocho años de fundación, el pasado mes de mayo. Sus autoridades organizaron una serie de eventos a la altura del acontecimiento.

Para determinar los años transcurridos computan el tiempo desde 1727, año en que se creó el Colegio de Loja, gracias al empeño y aporte económico de los sacerdotes lojanos José Fausto de la Cueva y Francisco Rodríguez, quienes erogaron la suma – enorme en ese entonces – de cincuenta y dos mil pesos. Posteriormente su sumó el apoyo de Miguel de Valdivieso, en 1749.

El Ministerio de Educación reconoció esa trayectoria y avaló la celebración, así como el legado de la hoy denominada Unidad Educativa Bernardo Valdivieso, plantel educativo por el que han pasado miles de jóvenes ecuatorianos a lo largo del tiempo.

El Colegio de Loja, que fue el primero en nuestra ciudad, estuvo regentado por los sacerdotes de la Compañía de Jesús, y para su funcionamiento se construyó una casa situaba en la calle Bolívar y José Antonio Eguiguren, que años más tarde fue derruida para dar paso al actual Municipio. El primer rector fue el sacerdote español Manuel Mariana, y los otros dos fundadores fueron los jesuitas lojanos Vicente Rojas y Pedro Valdivieso.

Este acontecimiento educativo prendió la lumbre del saber y cimentó el desarrollo cultural de Loja. De no haberse establecido ese colegio la educación se hubiera contraído a una simple práctica informal que se impartía en el hogar, basada en la transmisión de conocimientos orientados a tareas agrícolas, ganaderas, artesanales, de oficios y habilidades de supervivencia; es decir, una educación que preparaba a la gente para la vida adulta y para la participación en la sociedad. Evidentemente que la religión jugó un papel importante en la formación de los individuos.

El trámite para que se autorice a los jesuitas fundar un colegio en cualquier ciudad era complejo. La solicitud dirigida al superior religioso y a las autoridades civiles debía emanar del Cabildo; ese era un primer filtro. Una vez analizada se la enviaba a España.

En manos del Rey y del Consejo de Indias demoraba años en ser atendida.

La decisión se adoptaba conjuntamente con el Superior General de la Orden y para aprobarla exigían que el futuro colegio contara con dinero suficiente para la construcción del edificio, para la respectiva iglesia y para la administración del establecimiento.

Precisamente, el aporte que hicieron José Fausto de la Cueva y Francisco Rodríguez tendía a cumplir esa exigencia. Obviamente que hubo otros donativos menores en dinero y tierras.

Las ciudades que solicitaron con insistencia la fundación de colegios a cargo de jesuitas fueron: Ibarra, Latacunga, Loja, Riobamba, Cuenca y Guayaquil. En el caso de Loja, la solicitud data de finales de 1631. En la súplica dirigida al rey se lee el siguiente párrafo:

«La experiencia nos enseña cada día que las ciudades y pueblos en que viven los Padres  de la Compañía de Jesús, van en aumento, así en lo temporal como en lo espiritual, por su buena vida, ejemplo, enseñanza de los niños y estudiantes; cosa de que se carece en esta ciudad por estar muy distante de las de Lima y Quito, y por esta razón, unánimes y conformes todos los del Cabildo de esta ciudad de Loja, de la provincia de Quito, suplicamos a Vuestra Majestad se sirva dar licencia para que los dichos Padres puedan fundar en ella una casa colegio, que en ello recibiremos muy gran merced».

Loja obtuvo la licencia casi un siglo después, en 1727, y fue una de las dos ciudades privilegiadas, entre las siete que la solicitaron.

Estoy seguro que algunos se plantearán la siguiente inquietud: ¿Cuán importante eran los jesuitas y por qué la insistencia para que ellos fundaran el primer colegio en Loja? La respuesta está en el Discurso Inicial que dio Alejandro Carrión Aguirre en el acto conmemorativo del cuarto centenario de la Compañía de Jesús en el Ecuador, realizado en la ciudad de Quito, en el que se refirió a San Ignacio de Loyola y a la Compañía de Jesús fundada por él por encargo divino. Dijo: “conviene no olvidar que el término “Compañía” no está en este caso empleado en el sentido de “efecto y acción de acompañarse”, ni en el de “sociedad o junta de varias personas”, sino en el estricto sentido militar: “cierto número de soldados que militan bajo las órdenes y disciplina de un Capitán”. Tal fue la inspiración de San Ignacio: fundar la milicia de cristo que marche a la vanguardia de la Iglesia, evangelizando y educando, con la disciplina del buen ejército, que crea un cuerpo indivisible y adopta un solo norte”.

Alejandro Carrión mencionó algo que es fundamental para comprender el prestigio de los jesuitas en el ámbito educativo: “San Ignacio resolvió conquistar la firmeza de la fe con la luz del conocimiento y para su obra llamó, como principales auxiliares, a la ciencia, las artes y las letras. Con ello, además de su propósito principal, consiguió dejar en la historia un sendero de Luz”.

Abundando en lo manifestado por Alejandro Carrión, cabe recordar que Ignacio de Loyola, nacido en el País Vasco de España, inicialmente se dedicó a la carrera militar alcanzando el grado de Capitán y participó en varias batallas. Su vida cambió drásticamente después de ser herido en una de ellas. Durante su convalecencia leyó libros religiosos y experimentó una profunda transformación espiritual, hasta que decidió dedicar su vida a servir a Dios y a la Iglesia.

Después de su conversión comenzó a escribir sus famosos «Ejercicios Espirituales», una guía para la oración y la meditación. En 1534, junto con otros seis compañeros, fundó la Compañía de Jesús, también conocida como los jesuitas, una orden religiosa católica que se considera un «ejército de Cristo» debido a su disciplina y dedicación. Los jesuitas se han destacado por su intelectualidad y muchos de sus miembros han sido eruditos y expertos en diversas áreas del conocimiento.

Los Jesuitas regentaron el Colegio de Loja durante cuarenta años, hasta que en 1767 fueron expulsados de América hispana por Real Cédula de Carlos III, Rey de España. En Loja lo dejaron todo y sus bienes pasaron a algunas personas por arte de magia.

Tras la expulsión de los jesuitas el Colegio de Loja entró en un período de vacío institucional y desorganización, y sufrió un prolongado estancamiento, a pesar de que el Cabildo de Loja actuó como su protector conservando la tradición y algunas reglamentaciones de la época jesuítica. Este periodo de inactividad educativa vio un renacer con el legado de Bernardo Valdivieso González de las Heras, quien se erigió como el nuevo benefactor de la educación de la niñez y juventud lojanas. Ese legado propendía a dar un nuevo impulso a una Institución educativa lojana de gran prestigio que no debía desaparecer, como era el Colegio de Loja.

Señala Alfredo Jaramillo Andrade que, “al hacer entrega de sus bienes por acto testamentario de 22 de julio de 1805, lo que más deseaba Bernardo Valdivieso era la continuidad de una obra educativa de la que se había obtenido un fruto espléndido de altos valores en el campo de la actividad intelectual y labores humanas”. Sin embargo, el noble propósito del benefactor se vio empañado por la ambición y discordia de intereses mezquinos que levantaron tiendas de campaña para impedir que su voluntad se cumpla fielmente.

Cuando Simón Bolívar visitó la ciudad de Loja, en octubre de 1822, conoció los problemas suscitados y la afectación a la voluntad de Bernardo Valdivieso, adoptando una posición radical que allane el camino a una solución viable.

Para ello, el 19 de octubre de 1822, dictó un Decreto por el cual concedía al Ilustre Cabildo de Loja “una norma de conducción administrativa respecto de los bienes del testador, tratando con ello de evitar los peculados y enajenaciones que pudieran suscitarse por otros motivos que no fueran los propios de la educación”.

Concomitantemente dictó el Reglamento del Colegio para su formal funcionamiento, conformado por diez artículos. No obstante, fue después de cuatro años que dicho Colegio se instala bajo el nombre de San Bernardo, como consta en el acta respectiva reproducida por Máximo Agustín Rodríguez en sus Apuntes para la Historia de Loja, y que según afirma fue tomada en copia del primer libro original del Colegio. El proceso de inscripción de los estudiantes se inició el 2 de enero de 1827 hasta el 5 de marzo del mismo año, siendo en total treinta los primeros alumnos que cursaron sus estudios en el mismo local en donde funcionó el Colegio de Loja, hasta que después se construyó el edificio que tradicionalmente conocemos en la calle Bernardo Valdivieso, entre Miguel Riofrío y Rocafuerte.

El Reglamento dictado por Simón Bolívar rigió hasta el 16 de noviembre de 1838 fecha en que el Presidente Vicente Rocafuerte expidiera otro, mereciendo una especial importancia al prestigioso colegio lojano.

El 5 de septiembre de 1902 Eloy Alfaro decretó el cambio de nombre de San Bernardo por el de Bernardo Valdivieso, como justo homenaje a la memoria de su ilustre benefactor.

Los hechos referidos avalan el aserto de conmemorar doscientos noventa y ocho años de fundación del Colegio Bernardo Valdivieso, partiendo desde 1727, año en que se fundó el Colegio de Loja, puesto que se trata de un solo establecimiento que a lo largo del tiempo tuvo algunas fases transformadoras.

La misma regla aplica la Universidad Central del Ecuador para referirse a su origen, el que se remonta a la Universidad Central de Quito, la cual se originó de la unión de las universidades San Gregorio Magno, fundada en 1620 por los jesuitas, y Santo Tomás de Aquino, fundada en 1688 por los dominicos.

Los lojanos sentimos que nuestro orgullo se erige por todo lo alto, porque en cada conmemoración de aniversario del icónico Colegio Bernardo Valdivieso, que así lo conservamos en nuestra memoria, se resalta con letras de oro el privilegio que Loja ostenta al tener el colegio público más antiguo del Ecuador, un bien patrimonial que es parte de nuestra identidad.