Galo Guerrero-Jiménez
Así como cada ser humano busca todas las condiciones materiales para que pueda vivir en su totalidad histórico-temporal desde su mejor cognición y ambientación lingüística para que la comunicación y la comunión sean los elementos ecológico-contextuales que con todo el derecho humano tiene a su haber; así también, la alfabetización en su más amplia contextualización de grandeza humana, se convierte en un derecho inmaterial e intangible y altamente calificado en su condición educativa y socio-cultural para que su existencia sea elocuentemente vivible, desde la disponibilidad intelectual que le asiste ineludiblemente para formarse desde el ámbito de la lectoescritura, es decir, para estudiar, informarse y recrearse lingüísticamente desde el fortalecimiento del conocimiento y de la realidad a través de la palabra escrita.
Este derecho antropológico tan substancial nos encamina a un encuentro con el libro; pues, “leer es una necesidad: leemos para poder comer, viajar, resolver instructivos, realizar acciones para conocer, para conocernos, para integrarnos a los distintos espacios de la vida social, cultural y laboral, para crearnos y recrearnos” (Paglieta, 2021). Este encuentro con el texto en sus múltiples variantes discursivas y que, por su naturaleza de confección intelectual y tecnológica, es considerado como una obra artística, emblemática, técnica, científica, literaria y, en definitiva, construida con un profundo mensaje humanístico, puesto que nos ayuda a organizar cognitiva, lingüística, estética, creativa y comportamentalmente nuestra existencia.
Sin embargo, esta enhorabuena de leer, no siempre ha resultado atrayente de manera que, de buenas a primeras, el potencial lector se sienta motivado para acercarse a ese conjunto de lenguaje que está organizado según la naturaleza temática de la obra, de la intención y del conocimiento que le caracteriza al escritor y al editor para que la obra sea atrayente, y pueda ser publicada tecnológicamente, de manera que el lector a través del recorrido cerebral de su cognición pueda sentir metalingüísticamente el poder que las palabras engendran y que, al ser procesadas mentalmente, pueda darse un empoderamiento personal tan exquisito, que le permita degustar de esa lectura porque le fue posible entablar emocionalmente un contacto mental, es decir, un acercamiento especial, único en su género para el desarrollo de las competencias comunicativas en todos los órdenes de la vida por los cuales transita el lector.
De ahí que, para que el lector aprenda a leer bajo estas consideraciones estético-cognitivas y hermenéutico- fenomenológicas y pueda, con ello, marcar un ritmo cerebral adecuado a través de una narrativa y de una tonalidad propias, la más pertinente, según el grado de su idiosincrasia personal para que pueda adentrarse en el conocimiento y en el disfrute de un tema de su preferencia, debe buscar todos los mecanismos posibles para que, conjuntamente con el grado de su intelectualidad, se le active la función cerebral de su emocionalidad.
Pues, pasar todo el componente intelectual del lenguaje leído por el análisis del cerebro emocional, es de extraordinaria importancia. Como señala el neurólogo Francisco Mora: “La emoción es una función cerebral central que nos mantiene vivos. (…) Sin emoción no podríamos leer propiamente ningún libro, pues lo que nos lleva a la lectura, y nos mantiene en ella, es esa curiosidad, ese ‘chispazo emocional’ primero inconsciente, que puede despertarse ya antes de tener un libro entre las manos, bien sea por lo que previamente nos han contado sobre él o sobre su autor, bien por las referencias leídas en internet o que hayamos visto en la librería. Es luego, con la curiosidad encendida y al comienzo de la lectura, cuando se despierta (o no) lo que de verdad es fundamental, que es la atención (…). La atención es como una ventana que se abre a resultas de la curiosidad (despertar emocional)” (2024).
