UN CORAZÓN QUE AGRADECE

P. Milko René Torres Ordóñez

La gratitud, como un valor que debe existir en el corazón de una persona, forma parte de la espiritualidad bíblica. La Palabra de Dios, viva y eficaz, penetra en la conciencia de aquel que quiere engendrar una vida nueva. La fuerza que emana de ella derriba del curul a los más poderosos. El libro de los Reyes narra la historia de un hombre que ostentaba servir a sus intereses personales y colectivos. Naamán, general del ejército de Siria, vive una realidad dolorosa marcada por la lepra y la marginación a nivel religioso y político. Eliseo, el hombre de Dios, le muestra un medio que le va ayudar a encontrar la curación de su enfermedad.

El agua, fresca y sanadora del rio Jordán, le devolverá la plenitud de sus facultades humanas: “su carne quedó limpia como la de un niño”. Naamán reconoce la acción de Dios en su vida: “Ahora sé que no hay más Dios que el de Israel”. Hay caminos de gratitud que expresan la alegría de empezar una vida nueva. Las puertas de la historia de la humanidad están abiertas para recibir a quienes deciden emprender el regreso a casa. En este sentido, el autor del Salmo 97 dice: “Cantemos al Señor un canto nuevo, pues ha hecho maravillas…Que todos los pueblos y naciones aclamen con júbilo…al Señor”.

La bondad de Dios, afirma San Pablo en su carta a Timoteo “no está encadenada”, nos fortalece siempre. Jesucristo fortalece todo proyecto de salvación hecho con amor: “Sobrellevo todo por amor a los elegidos…para que ellos también alcancen en Cristo Jesús la salvación, y con ella, la vida eterna”. En el alma del Apóstol no existe otra razón más fuerte que la gratitud a quien le mostró el rostro de la auténtica fe para cambiar el corazón de los hombres. Jesucristo, siempre fiel, “no puede contradecirse a sí mismo”.

En el trayecto del camino de Jesús aparecen seres humanos con el rostro transfigurado por la discriminación causada por una enfermedad incurable en aquel tiempo: la lepra. Jesús, en el límite entre Samaria y Galilea, dos mundos contrapuestos por conflictos socio religiosos, se encuentra con diez seres humanos, llenos de angustia. Ellos, desde lejos, le dicen: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”. La palabra de Jesús denota poder y autoridad.  Su poder es servicio con amor y humildad; su autoridad es signo de fe y esperanza: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”.

San Lucas señala con claridad que “mientras iban de camino, quedaron limpios de la lepra”. Libres, para amar y vivir, agradecer y cantar al mundo las maravillas que Dios ha obrado en su vida. Sin embargo, solamente “uno de ellos, al ver que estaba curado, regresó…se postró ante Jesús y le dió las gracias”. Era un samaritano. El autor sagrado destaca la actitud y la presencia de un ser humano que ha dejado a un lado los prejuicios establecidos por las incoherencias del poder vigente. Jesús pregunta: “¿No eran diez los que quedaron limpios? ¿Dónde están los otros nueve?”. Únicamente un extranjero mostró el rostro de la verdadera gratitud. La fe y la humildad van de la mano. Nos levantan y nos devuelven la salvación.