Por: Sandra Beatriz Ludeña Jiménez
Vengo ahora a hablar de algo que he descubierto al observar la naturaleza, las cascadas, aquellos saltos de agua que, al correr libremente y encontrarse en su camino con el abismo, dan ese salto de crecimiento, salto de guerra lo llamo yo, que forma hermosura y muestra cómo en un punto del existir, aquello que se pensaría como infortunio, llega a convertirse en verdadera belleza.
Mientras más alto esté el agua corriendo, y mientras más pronunciada sea la caída, el agua forma verdaderos velos blancos, portadores de vida, de significado profundo para aquellos ojos que saben ver.
Esto me recuerda “El arte de la guerra”, un libro escrito hace más de 2.500 años y que sigue siendo una guía para líderes, empresarios, entrenadores de todo tipo. El autor es Sun Tzu, un general, filósofo chino, quién elaboró aquella obra para entrenar a los humanos en las eternas batallas de la vida, con estrategias y tácticas de liderazgo, que siguen vigentes hasta los tiempos actuales, en este comentario me permito compartir algunas lecciones poderosas, las cuales he metaforizado con el agua que se hace cascada.
Aunque libre corre, el agua es invencible, porque se conoce a sí misma, sabe cuál es su naturaleza, también conoce a su adversario, lo ha observado hasta detectar en lo más profundo del existir, la debilidad que lo agota. Transparentemente inocente, el agua parece ser débil, sin embargo, es conocedora de innumerables secretos de toda la naturaleza, ese conocer la hace fuerte, la empodera y así en cascada, se transforma y su valor crece al máximo exponente, entonces, ya no es líquida, ni sólida, ni gaseosa, es energía.
El agua sabe que el mejor guerrero gana sin luchar, por esto el agua corre, fluye. No se detiene, no resiste, no combate, simplemente en su recorrido es lo que es. Cuando el momento llega, da el salto, se convierte, sin dejar de ser, es fuerza, energía y vida.
El agua sabe que la naturaleza es imprevisible, por eso, se lleva muy bien con la sorpresa, es su mejor arma. No es raro que el agua inconforme se salga de su caudal, que nos invada, nos inunde, de un rato a otro, de repente, nos haya sorprendido. El agua ataca cuando menos se espera, y lo hace en los sitios más imprevisibles. Su emboscada es suave, pero fulminante; su voz es silenciosa, pero profunda.
El agua es fría, no está hecha para tibiezas, su estrategia no combina con emociones, pues, ella está por encima del bien o del mal. Su misión es existir y al existir se convierte, da su mayor salto de guerra en cascada, y sigue con su nueva naturaleza, como esencia del universo, como energía pura.
El agua lleva implícito su razón de ser, que es existir, por esto, no se hace notar a fuerza, el agua parece enseñar en su fluir, la mejor forma de vivir en un mundo donde hay leyes naturales con las cuales debemos funcionar, su función es la vida, y como vida enseña la forma de realizar el ser.
El agua sabe que el secreto para vencer está en ser oportuno. Por esto, maneja muy bien las líneas del tiempo, del instante correcto, del momento. El agua sabe que, si afina su percepción del tiempo y aprende a interpretarlo, para lograr acelerarlo, ralentizarlo, e incluso colapsarlo, solo eso, le asegura victoria. Porque, así, ni siquiera requiere saber qué hacer, pues por ley natural se le dará el conocimiento, su secreto para vencer está en descubrir el momento correcto para dar el salto.
El agua se enseña como un sueño de una mente suprema y la vida como una batalla, donde hay que vencernos primero, para luego vencer a aquellos que nos antagonizan.
El agua nos dice que somos ese reflejo suyo, que solo cuando fluimos, dejamos de crear mundos en los que no deseamos vivir, dejamos de encontrar sueños en los que no queremos soñar, dejamos de ser perdedores, animales vencidos, parias, como poetas temerosos por el peso aplastante de la blancura de una mariposa, que se posa en nuestra frente y no sabemos cuándo hacer, o qué hacer. Y cuándo es cascada, cuándo salto de guerra. En síntesis, cuándo es hermosura y cuándo energía pura.
