Cultura de antonomasia

Por: Sandra Beatriz Ludeña Jiménez

Vengo a recordar tiempos de niñez, adolescencia, juventud, pues, en medio siglo de uso de la palabra en la ciudad en la que vivo, la antonomasia ha tomado nuestra cultura, al punto que, según mi parecer, se vive en la cultura de antonomasia. Intentaré explicarlo en estas historias.

Cuando asistía a la escuelita de instrucción primaria, sin definir rítmica o cosas parecidas, a mi compañerita María Antonieta le decíamos Toyita, así es que, ella fue mi primer y mejor amiguita y ejemplo de antonomasia. En aquel tiempo, no sabía nada de aquello, pero, sí que Toyita era como su nombre, un sonido que por sí solo y sin titubeos despertaba sensaciones de cariño en quienes la llamábamos así.

Al ingresar a la instrucción secundaria, varias profesoras se las recuerda por su apelativo, gozando de legibilidad, por decir, a la profesora de literatura se le decía “Chapetona” y, a la instructora de educación física, “Pitirica”, le llamaban; otra, queridísima maestra se la conocía como: “Chévere malaquito”.  Para ese entonces, ya había pasado algo, que pocos dan cuenta, en aquel territorio todos los hablantes reconocíamos esas relampagueantes adjetivaciones, sabíamos el por qué se decía así y nos gustaba. Pero, nadie en realidad comprendía ese giro retórico, en el cual una parte de la descripción de una persona, pasaba a asumir el todo, a reemplazar su nombre, y al hacerlo, tomar tanto énfasis, que supere esa cultura de olvido en la que vivimos.

La sustantivación del adjetivo, que reemplaza al nombre propio de persona o cosa, se familiarizó tanto entre camaradas, que se hizo costumbre lojana, por esto, por estos lares, no es raro llamar a los amigos más por su apodo, que por su nombre propio.  Al matricularme en otro colegio, las antonomasias se hicieron más fecundas, recuerdo con tanta claridad que, al profesor de investigación científica, lo conocíamos como “Cognición”, por su intensa manera de enseñarnos y tratar de instruirnos en el conocimiento. Teníamos una profesora de taquigrafía, de grandes atributos físicos: alta de estatura, espigada y singular figura, caderas amplias, cintura afinada, y carácter firme; con un gran puntero de madera nos golpeaba las manos, si veía mal uso de dedos al deslizarse por el teclado, en la acción de escribir, por esas razones se le apodó “Poderosa”. También teníamos un profesor-inspector, al cual le llamábamos “Yogui”, pues su sonrisa era copia del personaje animado en televisión.

Entre compañeras de colegio estábamos lejos de aproximaciones abstractas, mas, nos llamábamos por antonomasia, así, entre recuerdos más evocadores veo que, a una de mis camaradas le decíamos “Gata Mena” por aquellos ojos de gato que aún nos miran. A otra de ellas, le decíamos “Señora” por haber contraído matrimonio antes de graduarnos. Entre las más refinadas, aparecía “Morlaca”, por su origen cuencano. También había una, que era inquieta e “Insecto” del aula.   En fin, cuanto más recuerdo, el vidrio esmerilado de la memoria toma cuerpo por la cultura de antonomasia y la concentración áulica, y viene a mi mente un ejercito de memoria. El problema para tantos individuos en los tiempos presentes, es justamente ese, que no han atesorado esa memoria heredada con esfuerzo libresco.

De allí en adelante, a mi parecer se avanza hacia atrás, con valoración nada entusiasta, he ido desenredando hebras de memoria, viendo como la antonomasia ha desplazado nombres muy honrosos, así uno de mis compañeros del primer trabajo en el que me desempeñé era “Chibolo”, no respondo el por qué.  El agente de partes y repuestos, “Chusco”.  El jefe de ventas, Donatello; y a uno de los vendedores senior: “Carrito soñado”.  Uno de los conductores más querido: Yanio Pinto; la compañera secretaria: “Tosca”.  El gerente, “Cuto”. Yo era “Jefa”. Implosionando esa niebla de sombras, andando ese tiempo huidizo, entre amigas, me llamaban “Filósofa”, en mi casa, decían “Sandunga”, y para amigos de juventud, “Conejita” por mis dientes delanteros.

El secreto de tan inusual interés lojano por explotar la antonomasia como cultura, posiblemente radique en que, trascendiendo esa mera forma de énfasis, el apodo, define mejor al personaje, lo vuelve más recordable, y así se aprende a quererlo por sus genuinas singularidades, más que por su simple nombre. En Loja, casi todos tenemos un nombre por antonomasia, un lujo multiforme de retórica, de detalle rebasando la sintaxis, así se vive la cultura de antonomasia.