Luis Carrión Mora
Enclavada entre las faldas del cerro Pircas, un hermoso lugar con vestigios ancestrales que evocan la existencia de una ciudad milenaria, se alza airosa la parroquia de San Juan de Pózul, perteneciente al cantón Celica. Este paraje no solo guarda la memoria de un pasado prehispánico lleno de misterio, sino también el espíritu incansable de una comunidad que ha sabido transformar las adversidades en oportunidades, consolidándose como un referente de desarrollo humano, profesional y cultural. Con justicia, Pózul ha sido denominada «La Atenas de Celica», título que le honra al haber sido cuna de una pléyade de oradores, escritores, juristas, médicos, docentes, técnicos y profesionales que han trascendido a nivel local, nacional e incluso internacional.
La historia reciente de esta parroquia se entreteje con los logros de hombres y mujeres que han aportado significativamente al país desde diversos ámbitos. Entre ellos destacan figuras del ámbito jurídico como el Dr. Homero Jimbo; en la medicina, los doctores Miguel Ángel Jimbo Jumbo, Manuel Eduviges Torres Guaicha, Edy Manzanillas y Jorge Ordóñez Jimbo, quienes abrieron camino a nuevas generaciones de profesionales. En el campo de la docencia, se recuerda con respeto y cariño a Reinaldo Cruz, Carlos Jimbo, Amadeo, Luzmila y Rosario Jimbo Sarango, así como a Carmen Piedra, quienes sembraron la semilla del conocimiento en la juventud pozuleña.
Pózul también fue pionera en el emprendimiento, con una participación activa en los sectores del transporte, la agricultura y la ganadería. Personajes como Sixto Obaco y Darío Guaycha impulsaron el desarrollo del transporte local, mientras que, en las zonas rurales circundantes, los barrios productivos sostenían la economía agrícola y pecuaria de la región.
Sin embargo, a finales de la década de 1960, las finanzas de muchas familias pozuleñas comenzaron a tambalear, y con ello se inició un proceso migratorio que marcaría un nuevo capítulo en la historia de la parroquia. La familia Manzanillas fue una de las primeras en emigrar hacia Santo Domingo de los Tsáchilas, seguida por la familia Fernández, que se estableció en Yantzaza, y las familias Espinoza Torres y Buele Torres, que buscaron nuevos horizontes en la ciudad de Loja.
La búsqueda de mejores oportunidades llevó a algunos aún más lejos. En las lejanas tierras de la selva ecuatoriana, tras tres días de travesía en canoa por las aguas del río Blanco —afluente del Esmeraldas—, los hermanos Helio y Carlos Guaycha Jumbo se asentaron en las comunidades de Las Golondrinas y Zapallos, hoy parte del pujante cantón Quinindé. Más al sur, bajo la sombra de montañas verdes y entre cafetales a punto de florecer, floreció el barrio Yuripilaca, hogar de Luis Jumbo Hidalgo y Romelia Díaz. Sus descendientes se dispersaron por Quito, Guayaquil, Santo Domingo, El Carmen (Manabí) y también hacia los Estados Unidos.
Desde España y Loja, también se alzó una voz en defensa de los derechos de los migrantes: la de Juan Carlos Manzanillas Sarango, un pozuleño comprometido con su gente, que hizo de la lucha por la justicia social su causa personal. Otro nombre destacado es el de Ronny Carrión Jumbo, profesional lojano que se desempeñó en Venezuela, en la llanura del Orinoco, en el ámbito de la exploración petrolera.
La diáspora pozuleña se amplió aún más con la llegada de la compañía estadounidense Western Geophysical Company a Ecuador a finales de los años sesenta, dedicada a la exploración petrolera. Proveniente de Houston, esta empresa requería cerca de 500 trabajadores, y los primeros en responder al llamado fueron Justo Rafael Jumbo Díaz, Enrique Sarango y Segundo Jumbo. Estos hombres, regresaban dos veces al año a su tierra natal, donde eran recibidos con cariño por sus familias, en encuentros cargados de emoción y orgullo. Carlota Jumbo, docente y artista de la moda y el diseño se radicó en Loja en donde educó a cientos de jóvenes en la asignatura de corte y confección en el centro educativo «Ramona Cabrera» de la Plaza 1 de Mayo.
Entre aquellos migrantes también hubo quienes aprendieron inglés durante sus trabajos, lo que les permitió acceder a nuevos destinos, como Arabia Saudita y Kuwait. Justo Jumbo fue asignado al área de transporte petrolero en Medio Oriente, mientras que Iván Jumbo Jumbo trabajó en Irak.
Lamentablemente, durante un atentado contra el hotel donde se hospedaban los técnicos de la empresa americana, Iván perdió la vida, dejando una huella de dolor, pero también de valentía y compromiso.
Estas historias de esfuerzo, sacrificio y superación no son casos aislados, sino parte del espíritu colectivo del pueblo pozuleño. Son la prueba viva de que el lojano —y en particular, aquel que viene del campo— no solo se conforma con sobrevivir en su terruño, sino que aspira a descubrir el mundo, a crecer, a aprender y a dejar huella más allá de su metro cuadrado. Pózul, sin duda, es tierra de gente perseverante, de sueños que cruzan fronteras y de corazones que, aunque lejos, laten al ritmo de su cuna.
Sabemos que nos debemos al campo, porque de ahí venimos. Está en nuestra raíz, en nuestra forma de mirar la vida, en el respeto por la tierra que nos vio nacer. Pero también nos debemos a nuestra lucha, una que muchas veces es solitaria, pero no por eso menos valiente. Porque detrás de cada uno de nosotros están nuestras familias, nuestros hijos, y, por ende, esta lucha también es por ellos. Es por aquellos que también sueñan con mirar y explorar el mundo, y vivir las bondades que este ofrece. Porque ir más allá no es solo una elección, es un legado que seguimos construyendo.
Y, aunque muchos de nosotros hemos salido del campo con la esperanza de prosperar, también hay quienes, provenientes de la ciudad, fuimos al campo y fue allí, en su inmensidad y en su calma, donde nos enamoramos de su gente, de su cultura, de su pureza. Por ello, siempre estaremos agradecidos con la hospitalidad de aquellos que enaltecen esta hermosa tierra, pues es en sus manos y corazones donde radica la verdadera fuerza de Pózul.
