LA CASA DE MI PADRE

P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

El profeta, un hombre escogido por Dios, asume una misión de entrega y sacrificio en el anuncio de la Palabra de Dios y la denuncia de las injusticias sociales. El lenguaje que emplea contiene características especiales. El mensaje, una espada de doble filo, despierta reacciones de todo tipo. Muchos profetas murieron confesando el nombre de Dios. Su martirio, sangre fecunda, sembró esperanza y fe en los hombres que abrieron su corazón para recibir gracias celestiales para cambiar el mundo.

Ezequiel acude a la parábola, mezcla de signos y símbolos, para desarrollar su misión. Ubicado en la entrada del templo de Jerusalén contempla un hecho prodigioso: “Debajo del umbral manaba agua hacia el oriente…y el agua bajaba por el lado derecho del templo”. El agua, materia que domina el relato, tiene energía: “Todo ser viviente que se mueva por donde pasa el torrente, vivirá”. En ella resurge la plenitud de la fe en la compañía de su Dios, Yahvé, que nunca los abandona. El templo, fortalece su vitalidad, con el torrente de agua que baña sus entrañas y las purifica. El templo, lugar santo, representa la identidad y la unidad de Israel.

Con el mismo sentir, el autor del salmo 45, canta la omnipotencia del Creador: “Con nosotros está Dios, el Señor; es el Dios de Israel nuestra defensa. Vengan a ver las obras del Señor, que hace cosas admirables en la tierra”. Pregona que “un río alegra la ciudad de Dios, su morada el Altísimo la hace santa…”. Dios habita en un lugar sagrado en el que únicamente caben la justicia y la alabanza. El Señor protege su Casa. En ella, entre la solemnidad y el misterio, resuena la palabra que invita a la transformación interior. San Pablo, en la primera carta a los Corintios, recoge la tradición oral y escrita de sus antepasados.

Refresca su espiritualidad porque ellos “son la casa que Dios edifica”. El apóstol ha contribuido “como buen Arquitecto” a colocar sus cimientos, “pero es otro quien construye sobre ellos”. La plenitud de toda obra magnifica, acentúa Pablo, está en Jesucristo. Él, cimiento válido, es único e irremplazable. San Pablo plantea a esta comunidad cristiana la pregunta que vale oro: “¿No saben, acaso ustedes, que son el templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?”. Acentúa, con firmeza, el compromiso que deben cumplir: “Quien destruya el templo de Dios, será destruido por Dios, porque el templo de Dios es santo y ustedes son ese templo”.

En la cristología de san Juan resurgen los fundamentos teológicos determinantes:  la Pascua, Jerusalén y el Templo. La Pascua, signo de liberación y fiesta; Jerusalén, la Ciudad Santa, aquella que acoge a los profetas, los juzga y los mata; el Templo, pilar de la santidad y punto de reunión de la comunidad judía. Jesús, actúa con rigor después de ver el panorama aberrante de este lugar: “¡Quiten todo de aquí y no conviertan en un mercado la casa de mi Padre!”. El cuerpo de Jesús, lugar de encuentro con el Padre, y de entrega por nosotros, resucitará para llenarnos de paz. En Cristo, cada profecía, se cumple.  Nos invita a caminar con Él.