Prosperidad

Fernando Oñate

Cuando hablamos de prosperidad normalmente viene a nuestra mente el éxito, la bonanza, el bienestar, especialmente en términos económicos. Quizá serán los valores de nuestra sociedad los que llevan a encasillar en concepto en lo puramente material.

La palabra prosperidad como tal se refiere a alcanzar una meta, un propósito o un objetivo. El apóstol Juan escribía a su discípulo Gayo, “deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma” (3 Juan 1: 2). Aquí el deseo de Juan pone de manifiesto que la prosperidad no se limita a lo económico, incluye este aspecto, pero no se limita exclusivamente a este, va más allá.

Y aquí vale preguntarse ¿de que sirve una abundante riqueza si se tiene un corazón entenebrecido, enfermo, egoísta? Pues, de nada. De esto nos advertía Jesucristo cuando decía “¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?” (Mateo 16: 26). Una prosperidad económica y material debe ir acompañada de una prosperidad espiritual, caso contrario es sencillo perder el camino, es por esto el maestro nos llama a “buscar primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6:33).

En esencia prosperar no es tener más, sino caminar de la manera correcta, alcanzando estabilidad aún en medio de las pruebas, el Señor no promete una senda sin obstáculos, pero sí la vida eterna para los que verdaderamente lo siguen. Prosperar no es tener un fruto, es dar un fruto, Jesucristo decía a sus discípulos “guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee” (Lucas 12:15), pero aquel “que en la ley del Señor está su delicia, y en su ley medita de día y de noche, será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará” (Salmo 1: 2-3). El alma próspera no va tras las riquezas o el éxito social, sus pasos van presurosos tras Cristo Jesús.

Algunos dirán que esta visión entraña conformismo, pero no, simplemente se trata de una decisión de buscar lo verdaderamente valioso, dejando de lado lo que tiene valor transitorio. Al final cuando seamos llamados ante la presencia del creador ¿Qué nos llevamos? Por esto Jesucristo nos dice “¡Hágan tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que puedan corromper, ni ladrones que les roben!, pues donde esté tu tesoro, allí también estará tu corazón” (Mateo 6: 20-21). Escuchemosle.