Galo Guerrero-Jiménez
Grata impresión me produjo esta frase, libro a libro, que el papa león XIV la encausa acertadamente en el campo de la educación en su Carta Apostólica “Diseñar nuevos mapas de esperanza”, con ocasión del LX Aniversario de la Declaración Conciliar Gravissimum Educationis, en la que asevera que: “La educación no es solo transmisión de contenidos, sino aprendizaje de virtudes. Se forman ciudadanos capaces de servir y creyentes capaces de dar testimonio, hombres y mujeres más libres, que ya no están solos. Y la formación no se improvisa. Recuerdo con agrado los años que pasé en la querida Diócesis de Chiclayo, visitando la Universidad Católica San Toribio de Mogrovejo, las oportunidades que tuve de dirigirme a la comunidad académica, diciendo: ‘No se nace profesionales; cada trayectoria universitaria se construye paso a paso, libro a libro, año tras año, sacrificio tras sacrificio” (2025).
Por supuesto, sobre todo en el campo de la educación, y no solo universitario, sino en todos los niveles educativos, familiares y profesionales, se construye vida “paso a paso, libro a libro, año tras año, sacrificio tras sacrificio”, imbuyendo desde el aroma del tiempo, como dice Byung-Chul Han, el discurrir histórico que queda plasmado en un libro, en un texto que recoge a través del tiempo toda una historia de sacrificios, de estudios, de investigaciones de imaginarios literarios, filosóficos y ontológicos que una vez escritos, quedan como el testimonio del talento de quienes al escribirlos, dejan una huella de profunda humanidad, de ciencia, de arte, o de la temática que sea para que el lector “diseñe nuevos mapas de esperanza” cognitiva, lingüística, axiológica, democrática, leyendo hoja tras hoja, párrafo tras párrafo, sintiendo ese aroma de las palabras que impactan, que conmueven en ese contexto histórico que “no conoce un presente duradero. Las cosas no persisten en un orden inamovible. El tiempo ya no remite hacia atrás, sino que lleva hacia adelante, ya no repite, sino que atrapa” (Han, 2024) al lector generando una significación profunda de individualización lectora, dado que, le es posible atrapar ese aroma especial, fluido, razonado, argumentado y sensitivo para educarse en la palabra, o desde la palabra que educa no solo para captar la transmisión de conocimientos sino, como insiste el papa León XIV, leer libro tras libro para el aprendizaje de virtudes; o como indica el escritor argentino Ricardo Piglia, para quedar atado al texto para que le cambie la vida al lector a partir de lo que lee (2015).
Libro tras libro, para que la palabra siga fluyendo exquisita, o quizá incómoda, cruel, amenazante, pero siempre lista para que el lector comprenda, infiera, juzgue, discierna, e incluso que cuestione lo que significa leer en esa relación entre la mente, el texto, el contexto del espacio y del tiempo en el que ecológicamente vive, manipulando sus dedos y los ojos en el papel o en la pantalla, que conllevan a una forma de leer distintos géneros de escritos y la manera en que, cada lector, individualizado, se apropia de cada texto desde el encanto de la predilección, tal como lo señala el escritor francés Roger Chartier cuando afirma del bienestar que “tiene por un verso de Quevedo: ‘escucho con mis ojos a los muertos’. Leyendo ‘escuchamos’ las voces pasadas y por ello la escritura no se opondría radicalmente a la oralidad, ni la dejaría en el limbo de la ausencia. Los ojos del lector permiten reestablecer la relación entre lector y voces ausentes, traerlas a la presencia, representarlas” (Chartier, 2024).
La lectura, entonces, como una faceta de la educación humana, la más humana de nuestra pobre o rica humanidad, puesto que, un texto, su lectura, no solo genera la literalidad de su contenido, sino la forma en que, a partir de esa lectura, y dentro de su más plena conciencia ontológica, le permite leer desde un análisis crítico, los tiempos históricos y presentes de nuestra sociedad que, por efectos de la tecnología digital, es cuando más necesita seguir pensando con rigor.
