P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ
La palabra de los profetas, al tiempo de transmitir un mensaje renovador, llega a sus interlocutores con una fuerza, incontenible como el paso de un huracán, que deja una huella imborrable en el tiempo. Cada uno, con su estilo y personalidad, revela el espíritu de Dios, presente y eterno, cuya bondad mueve al ser humano a respirar el aire que renueva todo espacio en la tierra. Malaquías, que en hebreo significa “mi mensajero”, abre un espacio de esperanza porque representa al último de los profetas del Antiguo Testamento que anuncia la llegada de un Mesías del linaje David, lleno de paz y justicia: “Ya viene el día del Señor, ardiente como un horno, y todos los soberbios y malvados serán como la paja”.
Las expresiones, libres como el canto de un pájaro, son alentadoras: “Para ustedes, los que temen al Señor, brillará el sol de justicia que les traerá la salvación en sus rayos”. Malaquías invita a su pueblo, que vive entre la inestabilidad y el conflicto, a conservar su fe y robustecer su identidad como Pueblo elegido por Dios. El temor a Dios, signo de salvación, sana muchas heridas. Abre el horizonte para contemplar las maravillas de la creación: “Toda la tierra ha visto al Salvador”.
El salmista, hombre de fe y oración, emplea tres verbos que nos llevan a la presencia de Dios: Cantar, alegrarse, regocijarse. Cantar, al Señor, nuestro rey; alegrarse, estallar en aplausos, que las montañas salten de alegría; regocijarse porque “ya viene a gobernar el orbe”, con justicia y rectitud. San Pablo asume con fortaleza, en el día a día, la exigencia de su vocación.
El anuncio del Evangelio interpela cada actividad que realiza. Es consciente que el testimonio de vida habla, más que mil palabras pronunciadas, de la riqueza del encuentro con Jesucristo, su vida y su presente en el mundo. Pablo anima a la comunidad de Tesalónica a trabajar “hasta agotarse” para ganarse el pan cotidiano: “Algunos de ustedes viven como holgazanes, sin hacer nada, y además, entrometiéndose en todo…los exhortamos, de parte del Señor que se pongan a trabajar en paz para ganarse con sus propias manos la comida”.
La fe y el trabajo honesto unen sus valores para crear progreso humano y social. Pablo, en la dinámica de los profetas de siempre, marca un giro importante en la historia de la humanidad. De la mano de Jesús, san Lucas recorre los caminos que llevan a cambiar el modo de ver las cosas. Jesús ha mirado la solidez del templo y la belleza de las ofrendas que lo adornaban. Manifiesta que aquella estructura imponente va a destruirse. El pueblo caerá en un infierno de división, guerra y odio. Detrás de este anuncio catastrófico, que mueve los cimientos de la religión de su tiempo, emerge un mensaje de esperanza, tan sólido y firme como una roca gigante, para quienes tienen fe: “Los odiarán por causa mía. Sin embargo, no caerá ningún cabello de la cabeza de ustedes. Si se mantienen firmes, conseguirán la vida”.
En la cercanía del Adviento, la invitación de Jesús a mantenernos vigilantes requiere acciones y respuestas concretas. El sol de justicia ilumina las mañanas oscuras.
