P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ
Después de la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, empieza un nuevo ciclo litúrgico en la Iglesia. Llega el Adviento. El mundo cristiano abre las puertas de su corazón para renovar, con acciones positivas, la realidad que ha marcado la agitada agenda de su existencia cotidiana. Todo cambio genera crisis y movimientos internos y externos. El resultado de esta expectativa conlleva resultados que marcan una ruta distinta a lo habitual. El camino a seguir tiene señales.
Debemos detenernos para observar el horizonte y alcanzar la cima de la conversión. El tiempo de Adviento, tanto más que la antesala de la celebración del nacimiento de Jesucristo, la Navidad, implica un acercamiento a la plenitud de la revelación, el paso de unos meses de una vida alejada de la gracia hacia un encuentro con lo que es bueno y santo. Las lecturas de este domingo pregonan alegría y esperanza. El profeta Isaías, ubicado en el contexto del siglo VIII, antes de Cristo, nos introduce en un ambiente festivo: “Casa de Jacob, vengan, caminemos a la luz del Señor”. La invitación a llegar a la “Ciudad de la Paz”, Jerusalén, demuestra que el amor por la justicia y la solidaridad pueden derribar los muros de la indiferencia, superficialidad y violencia. La luz, signo profético en las palabras de Isaías, representa el momento de levantar las manos hacia el infinito cargado de buenas noticias. Expresa con firmeza: “No se alzará la espada, pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra”.
Cada palabra, pronunciada en clave profética, resuena como una invitación a reconocernos como hermanos, constructores de la civilización del amor. Vivimos tiempos marcados por el egoísmo, la hostilidad y la muerte, como la opción preferencial del narcotráfico y sicariato. La carta a los Romanos acentúa la urgencia de apuntalar los fundamentos de la vida cristiana. San Pablo describe una radiografía de lo que acontece en este mundo. El hombre de fe tiene la misión de hacer historia en su anhelo de transformar la realidad que nos circunda: “Compórtense reconociendo el mundo en el que viven, porque ya es hora de despertarse del sueño, porque ahora está más cerca la salvación que cuando abrazamos la fe”.
El Apóstol llama a la conversión, más allá de cuestionamientos éticos y morales, porque siente que el testimonio de vida cambia modos de actuar, arraigados en las garras del pecado. Tiene que despertar sus sentidos aletargados por la parsimonia en sus quehaceres y la tentación de aferrarse a vivir entre cadenas y cárceles humanas e ideológicas que han deteriorado su razón de vivir en función del bien común. Jesús, en el Evangelio según san Mateo, revive la riqueza del Adviento.
De una historia, desgastada e impulsada a perderse en el polvo de un desván, hay que pasar a una esperanza nueva, para muchos inaudita e innecesaria. La presencia, urgente, de un Salvador que nos devuelva la luz de la justicia y la paz. Jesús nos exige acudir a las fuentes del discernimiento. El mundo en el que vivimos debe cambiar. No puede seguir así. El Adviento, puerta abierta hacia el mundo real, muestra las entrañas de Dios, Padre Bueno, que nos espera.
