Fernando Cortés Vivanco
Hace unos días estuve en Galápagos, en Isla Isabela. Ahí la gente todavía confía. Las personas no se preocupan por poner seguro, dejé abierta la casa donde estuve para vivir la experiencia. En un lugar no tuve efectivo y confiaron en que volvería a pagar. Uno deja el celular y la billetera en la playa y va a nadar con toda tranquilidad. Ese sentimiento de confianza en el otro, es precioso. Como politólogo andaba lleno de curiosidad. Recordada las historias de los abuelos sobre “los tiempos de antes”, cuando la palabra bastaba.
La confianza es el valor supremo de la convivencia social. Cuando confiamos en el otro, todo se vuelve posible: los vínculos se fortalecen, la economía fluye, la política funciona. La confianza interpersonal es el mejor termómetro de una sociedad. Si hay confianza, tenemos una sociedad funcional.
Pero Ecuador ocupa una posición especialmente preocupante. Apenas el 8% de los ecuatorianos confía en la mayoría de las personas, según Latinobarómetro 2024, la segunda cifra más baja de la región. Lo peor es la trayectoria: por ejemplo, en 2008 estábamos en segundo lugar con 35,70%, llegamos a nuestro punto más bajo en 2023 y manteniéndose crítica en 2024.
Vivimos, como diría Durkheim, en una sociedad anómica: los vínculos se debilitan tanto que perdemos capacidad de integrarnos. La palabra del otro vale poco, los acuerdos generan mínima esperanza de cumplimiento, vivimos en angustia permanente.
Pero entonces llegué a Isabela y descubrí que la confianza no es una reliquia del pasado. Existe. Funciona. Transforma la vida cotidiana. ¿Qué tienen ellos que nosotros hemos perdido? No es algo inherente a su carácter. Es el resultado de mantener vivas las estructuras de asociación cívica, de conservar espacios donde las personas se encuentran y construyen juntas.
Y entonces, ¿qué hacemos? Una de las salidas, construir confianza desde arriba; o sea, que los políticos recuperen credibilidad institucional y las estructuras empujen el comportamiento. Esa opción se ve distante con los políticos que tenemos. La más real alternativa está en construir confianza desde la base. Esa radica en la la capacidad de asociación y organización ciudadana: la del barrio, el gremio, el club deportivo, la asociación artística. Estas formas de organización espontánea pueden afianzar los lazos interpersonales y empujar las estructuras macro hacia mejores desempeños.
Si esperamos encerrados en nuestras casas con tres cerrojos, desconfiando del vecino, el caos social nos alcanzará. Mi experiencia me dejó esperanza. La confianza puede ser cultivada, reconstruida. Pero requiere que salgamos del individualismo y nos atrevamos a creer nuevamente en el otro. Y como diría Gabriela Mistral: Si hay un árbol que plantar, plántalo tú.
