Galo Guerrero-Jiménez
En estos tiempos de desacomodos políticos, democráticos, económicos, educativos, sociales, de salubridad y de violencia física y mental que con regularidad vive la humanidad, el acto de leer se vuelve imperioso, necesario, oportuno para que, con la debida atención, concentración, contemplación y otras cualidades axiológico-biológico-mentales que debe desarrollar el lector en ese proceso de captación de un lenguaje que es modélico, orientador, reflexivo e inspirado y trabajado meticulosamente y desde la investigación analizada por los científicos, escritores, artistas y humanistas en general que trabajan intensamente para que el conocimiento sea adquirido y procesado en esa dupleta de escritura y de lectura de un pensamiento que no debe quedarse solo en la comprensión y, ni siquiera en la inferencia, ni en una vaga posición crítica.
El conocimiento, al ser escrito, una vez que lo crea el escritor para que sea difundido por todos los medios tecnológicos posibles, aunque, especialmente desde la tecnología de la imprenta, debe ser profundamente interiorizado por el lector que, al utilizar el conocimiento para pensar, debe “ demostrar que, más allá de la inmanencia de la producción y del consumo, más allá de la inmanencia de la información y de la comunicación, existe otra realidad más elevada, existe una trascendencia que puede sacarnos de una vida completamente desprovista de sentido, de una mera supervivencia, de la mortificante falta de ser, y brindarnos la gozosa plenitud del ser” (Han, 2025).
Esta plenitud del ser ontológicamente concebido desde el acto de leer y de escribir, nos debe encaminar a una estética y metalingüística de la trascendencia, puesto que, en palabras del filósofo Juan Manuel Burgos: “La inteligencia y el correlativo conocimiento intelectual es una de las grandes maravillas que anida en el interior de la persona. (…) Mediante el conocimiento, en efecto, de modo misterioso pero real, el hombre sale de sí mismo y ‘llega a ser otras cosas’… sin serlo. ‘Soy’ la calle que veo frente a mí con sus árboles, sus ruidos y sus [carros], sus contraluces y sus claroscuros. La comprendo, la conozco, accedo a ella y en ese sentido la poseo (…) Pero la poseo solo intencionalmente, inmaterialmente, (…). Soy solo una persona que contemplo y conozco. Este es el misterio del conocimiento” (2010).
Este misterio para conocer las cosas y la vida en su excelsa plenitud es aprovechado por el lector que sabe encontrar el conocimiento en un texto que, por supuesto, tiene que ser de su agrado, atractivo, y que llegue a tener un sentido de trascendencia, de manera que pueda arribar a la gozosa plenitud del ser, es decir, de un profundo calado de gozo mistérico-espiritual, en el que el sentido de comunidad y humanidad son fundamentales, en virtud de que, el cerebro, dada su plasticidad biológica, como señala el neuro científico español Francisco Mora: “El valor máximo de aprender está unido a ese ser capaz de sobrevivir, y sin duda saber leer es precisamente consustancial hoy a la supervivencia social. Y todo esto es más que obvio para estimar ‘el valor’ de la lectura en este mundo social complejo” (2024, p. 41) y virtualizado.
Esta complejidad social, por lo tanto, solo será comprendida y contemplada vivencialmente en la medida en que haya una auténtica educación en la trascendencia, es decir, en el cuidado del ser que procesa el conocimiento para vivir en el mundo de una manera en que nuestra experiencia ordinaria para captar las realidades de la vida, sean asumidas desde un lenguaje concebido desde los grados más altos de conciencia; en este caso, una lectura que vaya encaminada axiológica y estéticamente a engrandecer ontológicamente al ser lector, desde el modo personal de ver y leer la vida como un nuevo modo de narrar la experiencia esplendorosamente, es decir, desde el cuidado de lo bello que trasciende, contempla y actúa.
