Son los pueblos, los fregados,
por tiranos liderzuelos
que los usan como anzuelos
y los tienen pisoteados.
Los protervos objetivos
que persiguen los mandantes,
son, por cierto, denigrantes,
y con tinte repulsivo.
En las luchas fratricidas
los que pierden son los pobres
que les falta un triste «cobre»
para dar luz a la vida.
Las naciones o potencias
atraviesan las fronteras
sin permiso, a su manera,
sin siquiera una advertencia.
Hoy se sienten malheridos
y en su orgullo, bien golpeados,
el trasero bien pateados,
con el ojo percudido.
No se acuerdan que hace poco
muchos pueblos arrasaron,
masacraron, «violinaron»
a lo estúpido, a lo loco.
Ni siquiera se acordaron
del derecho de la gente
a vivir muy dignamente,
sin embargo, los mataron.
Hubo tantos inocentes
en las guerras despiadadas
que hoy pretenden nuevamente
empezar una asonada.
Y nos vienen con el cuento
que el ataque es necesario;
yo lo miro virulento
y además, estrafalario.
Muchas muertes inocentes
cobrarán las metralletas;
de los niños, sus cometas,
volarán tan displicentes.
