“LA PACIENCIA TODO LO ALCANZA”

P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

En la Historia de la Salvación encontramos etapas llenas de profecías que anuncian la llegada de buenas noticias para los hombres de todos los tiempos. La palabra tiene un efecto creador y transformador ante el cual nadie puede ocultarse ni huir. El profeta Isaías, ubicado en el contexto del siglo VIII a.C, describe una escena con imágenes llenas de vida y colorido. Una caravana de exiliados y repatriados atraviesa un desierto que luego va a transformarse. Abundará el agua que baña los cañaverales. Renacerá la esperanza de los desvalidos: “Contemplarán la gloria, la majestad de nuestro Dios”.

Ellos fortalecerán sus “manos débiles, afianzarán las rodillas vacilantes”. Deben tener confianza, abandonar el temor. La fortaleza, que viene de Dios, colmará de paz la nueva vida que van a empezar. Predominará el gozo y la alegría. La expectativa mesiánica, saludable como el aire de la primavera, hay que sentirla porque oxigena el espíritu contaminado por la realidad de ambiciones personales, avaricia, egoísmo e indiferencia ante las cosas sagradas que renuevan el mundo. El profeta anuncia alegría en lugar de desolación: “Quedan atrás la pena y la aflicción”. La palabra de Dios, viva y presente, tiene poder.

El pueblo, a través del autor del salmo 145, actualiza el mensaje de Isaías: “El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente, hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos. El Señor libera a los cautivos…reina eternamente”. Nosotros bebemos del agua de la fuente de agua viva. Aquella que sacia la sed de los escépticos, como la mujer samaritana, sentada junto a un pozo, atiborrada de egocentrismo, conformista ante un pasado que la mantenía segura de las acciones que marcaban su presente, estancado entre la oscura barrera de la infidelidad y la aridez de su vida espiritual.

En el texto del Apóstol Santiago encontramos una frase clave que remueve el estado de parsimonia de sus destinatarios: “Esperen con paciencia hasta la venida del Señor”. Propone el ejemplo de un labrador: “Miren: el labrador aguarda el fruto de la tierra, esperando con paciencia hasta que recibe la lluvia temprana y la tardía”. La desesperación, mala compañera, ahoga la ilusión, mata la fe. Debilita, como una plaga, el afán apostólico de un misionero: “Tomen, como modelo de resistencia y de paciencia a los profetas que hablaron en nombre del Señor”. Nos viene a la memoria uno de los versos más sentidos de Santa Teresa de Jesús: “La paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene nada le falta. Solo Dios basta”.

La mística Carmelita enseña a vivir con humildad el amor a Dios. El Evangelio según San Mateo corona con solemnidad la cumbre profética. Dos personajes, Juan el Bautista y Jesús, unen la esperanza y la llegada de la plenitud de los tiempos. Jesús, con poder y autoridad, fortalece hoy la esencia de la misión: “Vayan a anunciar a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, y los cojos andan…y los pobres son evangelizados. ¡Y Bienaventurado el que no se escandalice de mí!”. Jesús, el más grande de los profetas, enciende el fuego del Adviento que debe arder en el corazón de todo hombre que cree en el anuncio del Evangelio.