La literatura es alimento de espíritus indóciles

Galo Guerrero-Jiménez

El libro provoca infinidad de conductas en cada lector que, como el caso del guerrillero Che Guevara que leía con mucho placer por la influencia de su madre y, ante todo, leía para inspirarse en cómo trazar mejor su accionar humano en su lucha revolucionaria que lo obligó a movilizarse siempre con un libro en su mochila. Al respecto, Ricardo Piglia comenta sobre él que “la marcha supone además la liviandad, la ligereza, la rapidez. Hay que desprenderse de todo, estar liviano y marchar. Pero Guevara mantiene cierta pesadez. En Bolivia, ya sin fuerzas, llevaba libros encima” (2015); pues, esa era su mayor pesadez que, se entiende, la soportaba porque se convertía en una liviandad; tenía la idea placentera de que le era posible sentarse a conversar, en el momento que le era posible, con ese libro, con ese amigo que, silenciosamente, le decía, quizá, muchas cosas al Che, para poder sobrellevar la pesadez de su vida revolucionaria.

Otro caso de conducta lectora es el de la protagonista de la novela En agosto nos vemos, de Gabriel García Márquez. En este caso, el narrador, en uno de los párrafos dice: “Colgó la ropa y puso el libro en la mesa. Era el Diario del año de la peste de Daniel Defoe y se tendió a leerlo mientras llegaba la hora de ir al bar” (2024). En este caso, ella, la protagonista, se encuentra en el hotel, pero, igual que el Che, con un libro a mano, buscando el tiempo y en el espacio en que se encuentre, poder conversar con esa historia novelada y tendida en la cama, pero, lo curioso es que no lee para luego quedarse dormida, como suele suceder, sino para levantarse e ir al bar del hotel.

En otra escena, esta misma protagonista, de regreso al hotel, “leyó sin sorpresas el tercer cuento de las Crónicas marcianas, llamó por teléfono al esposo y se entretuvieron con bromas de amor” (García Márquez, 2024). Así, como vemos, el libro le depara al lector diversas formas de leer, y todas, desde la más plena voluntad y de libertad para escoger el libro que a bien tuviese para leerlo y, con un objetivo en el que cada lector lo traza a su manera, según la historia de encuentro que ha logrado obtener en el ámbito lector a lo largo de su existencia cotidiana.

El libro, por lo tanto, con esa fiel compañía se siente a sus anchas, feliz, tranquilo, a la espera de que le abran sus páginas, porque puede compartir su contenido con un lector que está dispuesto a escucharlo en cualquier momento y en cualquier circunstancia; en este orden, la literatura, como señala Mario Vargas Llosa, “no dice nada a los seres humanos satisfechos con su suerte, a quienes colma la vida tal como la viven. Ella es alimento de espíritus indóciles y propagadora de inconformidad, un refugio para aquel al que sobra o falta algo, en la vida, para no ser infeliz, para no sentirse incompleto, sin realizar sus aspiraciones” (2015).

En efecto, el libro siempre despertará infinidad de comportamientos lectores, dependiendo de lo que, en cada lector, representa en su vida diaria cuando, por supuesto, lo ha incorporado como algo vital, tal como lo dice Mario Vargas Llosa, o como sostiene el papa Francisco, quien fue un gran lector y profesor de literatura que, desde la Santa Sede escribió una “Carta sobre el papel de la literatura en la formación”; en ella escribe: “Cuando pienso en la literatura, me viene a la mente lo que el gran escritor argentino Jorge Luis Borges decía a sus estudiantes: lo más importante es leer, entrar en contacto directo con la literatura, sumergirse en el texto vivo que tenemos delante, más que fijarse en las ideas y en los contenidos críticos. Y Borges explicaba esta idea a sus estudiantes diciéndoles que quizás al comienzo iban a entender poco de lo que estaban leyendo, pero que en todo caso habrían escuchado ‘la voz de alguien’. Esa es una definición de literatura que me gusta mucho: escuchar la voz de alguien” (2024).