Por Luis Carrión Mora
Hablar del desarrollo de los pueblos implica, hablar de la participación constante de sus hijas e hijos. No se trata de una señal reciente ni de una idea importada por la modernidad y globalización es, más bien, una práctica ancestral que ha acompañado la historia comunitaria de nuestras parroquias y cantones. En pleno siglo XXI, resulta que una palabra del argot popular como ‘minga’ siga vigente y llena de sentido. Lejos de ser una huella del pasado, la minga continúa siendo una expresión real de la organización, la corresponsabilidad y la acción colectiva frente a las necesidades comunes de una comunidad.
Para comprender su alcance, es necesario mirar atrás. Hubo un tiempo en que desplazarse desde una comunidad hacia la parroquia, el cantón o la cabecera provincial implicaba jornadas de dos, tres o incluso ocho días. Tras el invierno, cuando los caminos quedaban deteriorados, la comunidad se organizaba para su mejoramiento, consciente de que de ello dependía la asistencia regular de los niños y jóvenes a los establecimientos educativos, que ya era toda una travesía. La educación, aun en condiciones adversas, era entendida como una responsabilidad colectiva y prioritaria.
La organización comunitaria poseía entonces una estructura clara y funcional. Los días domingo, aprovechando la concurrencia masiva, el párroco o el teniente político convocaban a reuniones donde se definían las acciones a emprender: ‘la limpieza de los caminos’, ‘el adecentamiento de planteles educativos’, ‘el desbroce de las malezas’, ‘el mantenimiento de aulas y canchas’, así como la ‘limpieza de ventanales’. Estas tareas no eran improvisadas por que respondían a una planificación consensuada y a un sentido de pertenencia territorial, preventivo.
Un papel fundamental lo cumplía el ‘selador’, personaje entusiasta y altruista que motivaba, organizaba y daba seguimiento a los acuerdos comunitarios. En la cabecera parroquial, con la presencia de las autoridades, la renovación de la ‘Junta Cívica’ representaba un momento de avance institucional y de toma de decisiones permanentes, consideradas un buen augurio para el futuro colectivo.
Con el funcionamiento sostenido de las mingas, los resultados comenzaron a multiplicarse. Se construyeron nuevas aulas, se adquirieron pupitres y se consolidaron convenios entre las comunidades y los ‘Gobiernos Autónomos Descentralizados’ parroquiales, cantonales y provinciales. Bajo el liderazgo del prefecto y colaboradores, los proyectos deportivos, agrícolas, ganaderos e incluso industriales avanzaron de manera progresiva, fortaleciendo las economías locales y la cohesión social.
En el ámbito ganadero, la participación en las ‘ferias ganaderas’ permitió mejorar la calidad de la carne y la leche. En la agricultura, la entrega de plántulas de ‘café’, ‘maíz’ y ‘forrajes’ fortaleció la producción y diversificó los cultivos. Cuando la organización comunitaria era sólida y las mingas funcionaban con regularidad, surgía también el impulso emprendedor: se buscaban varias alternativas productivas mediante el aprovechamiento de subproductos como la ‘cáscara de café’ o del ‘maní’, transformándolos en nuevas oportunidades económicas.
No obstante, la historia de nuestros pueblos también está marcada por la migración. Durante las décadas de los sesenta y setenta, muchos lojanos se vieron obligados a abandonar su terruño debido a los flagelos de la sequía. Numerosos jóvenes ingresaron a las filas del ‘Ejército’ y de la ‘Policía’, y tras veinticinco años de servicio fijaron su residencia en otros territorios. Allí emprendieron en la ganadería y la agricultura, actividades que les brindaron estabilidad y réditos significativos. Sin embargo, el vínculo con sus comunidades de origen nunca se rompió del todo. De manera periódica, movidos por la memoria y la añoranza, regresaban para ‘arrimar el hombro’ y apoyar las aspiraciones colectivas, especialmente aquellas orientadas al bienestar de la niñez y la juventud.
Un ejemplo concreto de este espíritu solidario se evidencia en el barrio ‘Yuripilaca’, parroquia ‘Pózul’, cantón ‘Celica’. Gracias al trabajo conjunto de la ‘Prefectura’, el ‘Municipio de Celica’, un ‘Comité Central’, la ‘Reina de Yuripilaca’, sus ‘Coterráneos’ y el aporte económico de migrantes e hijos de este hermoso pueblo, se inauguró una ‘cancha de uso múltiple’. Este esfuerzo no se detiene allí: actualmente se proyecta el mejoramiento del templo cuyo patrono es ‘San Vicente Ferrer’, reafirmando que el desarrollo también es cultural, simbólico y espiritual.
El desarrollo de los pueblos, como el agua, puede parecer una metáfora o incluso un espejismo si no se logra materializar en una concepción clara de principios y acciones. No somos quienes para juzgar a la historia ni a quienes la escribieron u omitieron; pero sí somos responsables de reconocer que el desarrollo no es únicamente un discurso ni un papel que puede arrancarse. La memoria colectiva permanece, y en ella habita un ‘inconsciente comunitario’ que recuerda que el verdadero progreso nace cuando la comunidad se reconoce, se organiza y participa enérgicamente en la construcción de su propio destino.

