P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ
El Adviento, tiempo de paciente espera para el nacimiento de Jesús, ha marcado una huella de fe en la vida espiritual de los hijos de Dios. La invitación de los profetas, frecuente e intensa, para allanar los caminos áridos a causa de la indiferencia ante las realidades sagradas, ha resonado con la potencia de una voz que pide conversión. En las páginas de la Sagrada Escritura encontramos la evidencia precisa de un encuentro entre lo divino y lo humano: la Alianza. Podemos decir que se trata de un pacto de amor y de honor. El amor proviene del corazón de Dios que creó al hombre a su imagen y semejanza.
Le dio memoria, entendimiento y voluntad para gobernar cuanto existe en la faz de la tierra, hacerla fecunda y multiplicar su descendencia. El honor implica la fortaleza espiritual y la fidelidad al compromiso de mantener, bajo cualquier circunstancia, una profesión de fe. En el capítulo 7 del profeta Isaías la Alianza alcanza un gran nivel porque determinará el cumplimiento de una promesa y la vivencia de la plenitud de los tiempos. El Señor, cansado de engaños y tentaciones, envía su señal: “Mira, la virgen está encinta y dará a luz a un hijo, al que le pondrá por nombre Emmanuel”, que significa “Dios con nosotros”.
El Dios de la Alianza, cercano a su pueblo, pastor y guía en su proceso de liberación y desierto, quiere redimir a la humanidad del pecado que lo esclaviza. El profeta pregona un tiempo de gracia y de reconciliación. Quiere compartir la vida con hombres libres y agradecidos. El Príncipe de la Paz, rey eterno, traerá la salvación al mundo entero con su sangre derramada en la cruz y con la victoria sobre la oscuridad del mal. El pueblo piadoso, a través del Salmista, canta la esperanza con un himno que expresa fidelidad: “El hombre, de manos inocentes, que no confía en los ídolos, recibirá la bendición de Dios, le hará justicia el Dios de salvación. Es la generación que busca al Señor, que busca el rostro del Dios de Jacob”. De un corazón agradecido brotan palabras nobles. A nosotros, los hombres de buena voluntad, débiles, cada palabra inspirada nos interpela.
Dios quiere que acojamos el anuncio de buenas noticias. Dice San Juan de la Cruz que “al atardecer de la vida seremos examinados en el amor”. La carta a los Romanos actualiza las profecías del Antiguo Testamento. Cada palabra contiene mucha densidad cristológica: “Por Jesucristo, nuestro Señor, hemos recibido la gracia del apostolado para suscitar la obediencia de la fe entre los gentiles, para gloria de su nombre”. Nacido de la estirpe de David, según la carne, bajo el poder del Espíritu Santo, ha resucitado de entre los muertos.
La referencia al Emmanuel aparece con más claridad. El Apóstol, enamorado de Jesucristo, cumple la misión de compartir el mandamiento del amor. Llama a vivir la santidad, con la gracia y la paz que viene de Él. José, en el Evangelio de Mateo, nos invita a vivir despiertos. La misión con el “Dios con nosotros, nos une a María y a su Iglesia. Abramos todo nuestro ser interior a la humilde obediencia.
