Cuando la palabra trasciende

Galo Guerrero-Jiménez

Las palabras se desplazan con sus sonidos, con sus silencios,  con su prosodia, con su emocionar, con sus plegarias, con sus oraciones y con la mística, la ataraxia, la alteridad y el culto dúlico que nace desde la conciencia lingüística y desde la contemplación intrapersonal que el lenguaje anida, crea, imagina, construye y reconstruye en la intimidad más pura de aquella persona que es capaz de trascender desde la elaboración de un pensamiento armónico, fino, elegante, culto, de reflexión y discernimiento, en cuyos ideales de vida opera una íntima conexión con los seres humanos y con la naturaleza en la que ecológicamente se desenvuelve con la pleitesía que ha logrado plasmar en lo más excelso de su interioridad, es decir, de su cognición, de su alma que, espiritual y ontológicamente ha sido capaz de cultivar gracias al esfuerzo permanente de su razonamiento e intuición para mantener activa la fortaleza de su inteligencia intrapersonal.

Desde luego, este florecimiento de una palabra y de un lenguaje que, como producto de una permanente reflexión, dialogización, dubitación,  meditación y de conexión continua con la realidad para elevar el pensamiento, incluso en medio del desosiego que en forma de violencia hoy se vive en todo el planeta, o quizá, por esa misma realidad tan desordenada en casi todos los órdenes del convivir cotidiano, es que, se vuelve imperioso, urgente, la consolidación de esa palabra que, elevada a la condición humana de la dignidad más plena, debe ser pregonada para que alguien la escuche y la ponga en práctica utilizando su estilo personal y de convivencia humana con el resto de sus semejantes, a los cuales siempre debe brindar lo mejor de sí.

Aprovechar el tiempo cultivando la hondura de la palabra, es lo más bello, lo más profundamente humano, tal como lo hace la madre con su hijo, el creyente cuando eleva sus plegarias a Dios, el docente con sus alumnos, el investigador, el científico, el humanista, el artista, el filósofo, el escritor y las diversas instituciones públicas, privadas y religiosas que organizan el diario convivir democrático y de servicio a la ciudadanía, no son más que una muestra de lo que puede llevar a cabo la inteligencia humana a través de ese lenguajear con la palabra plenamente sentida al hablar, escribir, escuchar y, ante todo, cuando es leída y proclamada a través de todos los medios posibles para que sea asimilada, estudiada, gracias a “la capacidad de discernir, de separar, de cribar entre distintas alternativas y poder tomar la decisión más oportuna” (Torralba, 2010).

El valor prioritario, entonces, de la palabra interiorizada en todas sus amplias dimensiones humanas, empezando por el conocimiento de uno mismo, puesto que esa es la clave para el éxito en la vida afectiva y profesional; en este caso, el cultivo de lo bello que posee la inteligencia intrapersonal, espiritual y emocional que debe ocupar un lugar de honor en la práctica educativa (Torralba, 2010, p. 39) y en la investigación de la tecno-ciencia, en las humanidades y en la idiosincrasia de todo escritor que sabe trabajar con el esplendor de la palabra acertada.

Así lo evidencia el escritor Byung-Chul Han cuando eleva sus plegarias de grandeza axiológica a la Tierra: “Hay que tratar cuidadosamente lo bello. Es una tarea urgente, una obligación de la humanidad, tratar con cuidado la tierra, pues ella es hermosa, e incluso esplendorosa. (…) Algunas líneas de este libro son plegarias, confesiones, incluso declaraciones de amor a la tierra y a la naturaleza. No existe la evolución biológica. Todo se debe a una revolución divina. Yo he tenido esta experiencia. La biología es, en último término, una teología, una enseñanza sobre Dios” (2023) que, desde la altura de la palabra, nos congracia con su esplendor divino.

Qué elevación del pensamiento, qué íntima conexión con lo bello, cuando la palabra trasciende.