El baúl de los recuerdos: La hotelería lojana en el tiempo

Efraín Borrero Espinosa

Antes de que existieran las casas posadas en nuestra ciudad, a inicios del siglo XX, quien venía a Loja por cualquier circunstancia se valía de algún amigo o persona generosa para que lo acogiera en su casa. Para el caso de autoridades o personajes importantes el alojamiento se preveía con antelación. Así fue que se sentaron las bases de la hospitalidad lojana.  

Clodoveo Jaramillo Alvarado señala que por aquel tiempo Loja era una ciudad pujante que contaba con importantes establecimientos comerciales. “El hecho de estar cerca de la frontera con el Perú contribuía notablemente a colocarla, comercialmente, en un nivel muy distinto al de las otras comarcas ecuatorianas”, lo cual determinó que frecuentemente seamos visitados por forasteros. A ello se sumaba nuestro estatus cultural y la posibilidad de cursar estudios superiores, algo que despertaba interés especialmente en jóvenes de la provincia de El Oro.  

Según el historiador Luis Felipe Mora Ortega, la primera casa posada existente en la ciudad de Loja fue la de José Pío Serrano, situada en la calle Bolívar entre 10 de agosto y Rocafuerte, a pocos pasos de la plaza central. Ese fue el aposento cuando el intrépido Cosme Renella vino a Loja en su pequeño avión.

Fue a finales de la década de 1930 cuando los esposos Cristóbal Amador Filoteo Burneo Samaniego y Digna Petronila Arias Burneo se motivaron por construir el primer hotel de la ciudad, en la esquina de las calles 10 de agosto y Eloy Alfaro, al cual denominaron Hotel Americano, contribuyendo significativamente al desarrollo de Loja.

Su ubicación era estratégica porque estaba junto al puente llamado Santa Rosa que constituía la entrada principal a Loja desde la costa, siendo una vía antigua de acceso y salida de la ciudad. Se la conocía como “calle de la luz” porque a corta distancia, con dirección al occidente, estaba la planta que brindaba el servicio de energía eléctrica a la ciudad. 

Por entonces no se hablaba de estrellas que años más tarde determinaron la categoría de los hoteles, pero evidentemente se trataba de un establecimiento elegante y confortable que acogió a visitantes brindándoles un servicio de calidad. La administración estuvo a cargo de Petronila Arias Burneo quien cubría todos los detalles.   

Allí se hospedaron algunos presidentes de la república, ministros de Estado y otros importantes personajes. También se alojó el famoso “Profesor Fassman”, cuyo verdadero nombre fue José Mir Rocafort, de nacionalidad española. Era mentalista, hipnotizador, ilusionista, adivino, médium, psicólogo, parapsicólogo y hasta se lo consideraba brujo. Un gran reto que se propuso fue premonizar futuros resultados electorales presidenciales ante la ausencia de encuestas.  

Realizó varias giras por países de Europa y América. En 1960, durante su estadía en el país, Eduardo Vélez Granda lo contrató para dos presentaciones en el Teatro Bolívar de Loja. Comentaba que Fassman resolvía ecuaciones en cinco segundos.

El hotel de tres pisos, estilo moderno, fachada simétrica con varias ventanas y balcones de formas geométricas, tenía un salón de recepciones que era el punto de encuentro de la sociedad lojana, y un restaurante de primera calidad. Cuenta mi amigo Santiago Armijos Valdivieso que el famoso Hélger Clodoveo Córdova, quien fuera pionero de la comida gourmet en Loja, se inició precisamente en el Hotel Americano en el que fue cocinero desde 1944 hasta 1965.        

Poco tiempo después, por 1942, Abraham Calixto Cueva Ontaneda, un próspero agricultor, ganadero y comerciante de Cariamanga, y su esposa Carmen Celmira Cueva Jiménez, decidieron migrar a Loja y emprender en la construcción de un edificio de tres pisos para destinarlo al servicio hotelero, al que llamaron Hotel México, situado en la intersección de las calles José Antonio Eguiguren y 18 de noviembre.          

Carmen Celmira se puso al frente del emprendimiento destacándose como una mujer que dejó honda huella de trabajo visionario para alcanzar el éxito que se habían propuesto. Para los viajeros calvenses el Hotel México era su alojamiento predilecto, especialmente por el carisma que ella infundía.  

Su hermana Fabiola Cueva Jiménez se contagió de la hospedería como emprendimiento y años más tarde estableció la pensión Santa Marianita, en el parque Bolívar.

Por esa misma época existió la Residencial Astoria, propiedad de la señorita Rosa Palacios Alvear, hija de Fidel Eudoro Palacios Arízaga, natural de Sozoranga, y de Alegría Felicidad Alvear Machado, natural de Girón, provincia del Azuay, quien se esmeraba por la buena presentación y aseo impecable del local.

Matilde Cueva Espinosa, una encantadora nonagenaria con mente lúcida me aclaró sobre la propiedad de ese inmueble, situado en la calle Bernardo Valdivieso entre 10 de agosto y Rocafuerte. Me dijo que en esa edificación de tres plantas Rosita Palacios vivía en el último piso y que el resto estaba destinado para el servicio de alojamiento, especialmente de estudiantes y ciertos viajeros que frecuentemente venían a Loja.

Posteriormente, el 16 de febrero de 1961, Alberto Hidalgo Jarrín y su esposa Mariana Gutiérrez de Hidalgo, vendieron a Rosa Virginia Ventimilla Palacios su enorme casa de habitación que antes fuera de Luz Marcela Vélez, situada en la calle 10 de agosto entre Sucre y 18 de noviembre.

Rosita Virginia hizo una inversión considerable para convertirla en hotel al que llamó Internacional, que bajo su esmerada administración tuvo mucha acogida. Por su ubicación era preferido por comerciantes que venían a ofrecer sus productos en la feria de septiembre que se realizaba en esa calle.                  

Un huésped frecuente fue Asaad Bucaram Elmhalin ya que por aquel tiempo visitaba Loja para vender casimires. Siempre lo veíamos con dos o tres cortes de tela en el hombro para mostrarlos a sus clientes, uno de los cuales fue Dositeo Ramírez que tenía su almacén a pocos metros. También se hospedaron el recordado Alex Guerrero y Rubén Ledesma cuando decidieron radicarse en nuestra ciudad por razones de trabajo.

Rosa Virginia Veintimilla Palacios contrajo segundas nupcias con Ángel Salvador Sotomayor Soto, que era propietario de la casa de dos pisos situada en la intersección de las calles Bolívar y 10 de agosto, en donde antes funcionaba el Consulado de Colombia, y en cuya planta baja los esposos Teófilo Mahuad Chedraui y Catalina Chalela Elia, de ascendencia libanesa, establecieron un almacén. En dicho inmueble se hicieron adecuaciones para funcionamiento del Hotel Embajador con pocos cuartos.

En aquel tiempo la Caja del Seguro Social decidió construir el moderno y lujoso Hotel Río Amazonas, que además de cubrir una necesidad apremiante de Loja muto nuestra vida social. Estuvo localizado en la intersección de las calles 10 de agosto y Manuel Agustín Aguirre, sitio en el cual estaba antes el cuartel de la Zona Militar.           

Su construcción se insertó en la visión del Presidente Camilo Ponce Enríquez, quien promovió reformas urbanas que se materializaron en importantes obras de infraestructura, como el Palacio Legislativo, los aeropuertos de Quito y Guayaquil, el edificio de la entonces Caja del Seguro Social, el Estadio Modelo y el Hotel Quito.

El Hotel Río Amazonas, cuyo primer arrendatario fue Francisco Hidalgo Gutiérrez, constituyó el sitio de las más distinguidas reuniones sociales. Su amplio salón daba cabida a numerosos invitados y a la presentación de orquestas contratadas, como la Blacio Junior de Guayaquil, el Chazo Jara de Zaruma y Los Players de Loja, integrada por los hermanos Luis y Humberto Gordon, Guillermo Espinosa, Coco Valarezo y Edwin Cueva, quienes animaron la fiesta de quince años de Leonor Armijos Molina, bella mujer de la que me enamoré apasionadamente.     

Años más tarde el Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social suspendió sus actividades para adecuar esa infraestructura y destinarla al funcionamiento del Centro Clínico Quirúrgico Ambulatorio Hospital del Día, que brinda atención médica a afiliados y pensionistas.

Por 1966 apareció el llamado Hotel Central que rompió todos los esquemas, ya que lo de hotel era simple fachada. Se trataba de una casa grande que en el patio posterior tenía una gallera; allí estaban enjaulados los emplumados que los traían de algunos sitios de la provincia y norte del Perú, para enfrentarlos en feroz riña durante sábados y domingos. Estuvo situado en la calle 10 de agosto entre Bolívar y Sucre.

En el sitio se reunían galleros de cepa y aficionados, como el “Negro” Jorge Álvarez, mi abuelo Arturo, el “Zambo” Guillermo Espinosa, el “Guanchaco” Luis Espinosa, César Arias, Minos Cueva; los Castillo, Polibio Valdivieso, el “chino” Ortiz, el “macareño” Campoverde, Arturo Guaricela, Colón Vegas y Lucho Sandoval.

Por el mismo año de 1966, César Alejandro Vélez Riera, dedicado a confeccionar calzado fino, casado con Olympia Quevedo Febres, decidió adecuar su amplia casa de habitación situada en la calle Rocafuerte entre Sucre y 18 de noviembre, para convertirla en el Hotel Cristal, con muy buena aceptación.

Recuerdo que en ese hotel se alojó el prestigioso grupo artístico «Los Pupi» de ascendencia italiana, al que contraté siendo estudiante universitario para dos presentaciones en el Teatro Universitario Bolívar. Fue un espectáculo sensacional.

Se trataba de marionetas grandes que se manipulaban con varillas de hierro. El movimiento se transmitía directamente de los manipuladores a los muñecos y ello les conferían inmediatez y energía.

A pocos pasos estaba el Hotel Loja, que en realidad era una pensión en la que preferentemente se alojaban comerciantes de la provincia de Loja.

El 21 de abril de 1990, la hotelería en Loja dio un salto cualitativo con la inauguración del Hotel Libertador, construido en la calle Colón entre Bolívar y Sucre, destacándose por elevar los estándares del servicio y hospitalidad. Por algunos años se consolidó como uno de los mejores de la zona. Claudio Eguiguren Valdivieso y Luis Suárez, un ingeniero civil azuayo que ha hecho patria en nuestra tierra, fueron los gestores de esa magnífica iniciativa.

Desde entonces la oferta hotelera en la ciudad de Loja ha tenido un crecimiento notable con la construcción de varios hoteles de buena calidad, contándose entre ellos dos de cinco estrellas; oferta que tiene que ver con el incremento del flujo turístico que cada vez es más creciente. Bien por los lojanos y por el desarrollo productivo de nuestra querida tierra.