Sandra Ludeña
Vivimos los últimos días de este ciclo de tiempo al que contamos como 2.025. Decimos con naturalidad que vivimos el fin del 2.025. Gustosos asistimos a gastarnos días y horas que se van en un cinco, son instantes de balance, de sentirnos orgullosos de haber cumplido con objetivos, pero también, de estar inconformes con lo que no realizamos. Mas, ¿quién se ha puesto a pensar que la verdadera vida está en lo pasado? “Solamente lo que pasa, queda” (Unamuno).
En mi calidad de contadora soy experta en conteos, los cuales, a lo largo de mi carrera fructífera e hibridada con la escritura, me ha llevado a la constante reflexiva, práctica no vislumbrada en este complejo y polarizado mundo, donde va ensombrecido el valor humanista. Siempre en los miles de artículos escritos, he abonado hacia el pensamiento crítico, este no es la excepción.
Así ahora, mientras cuento las horas que desfilan sacando su lengua larga y enrojecida, quiero pensar en que nadie puede terminar algo sin antes haberlo empezado; como tampoco, nadie puede consumir su tiempo sin antes haberlo procesado. El proceso del tiempo siempre deja algo, creo como “unamuniana” que este conteo de fin de año me dejará algo más que vacío, pues, si bien es cierto, la suerte como suerte no ha brillado por mis lares, y he visto caras y malas caras, he ganado bastante fuerza y objetividad.
Ya no me desangro con cualquier cosa, este tiempo duro, terminado ahora en un cinco, tiene mucho que ver conmigo, con mis últimos números de contacto, como mi número favorito, con el metaforizado de la infancia, aprendiendo a contar, donde mi madre decía: “dibújalo como un cucharoncito”. La verdad es que, este cinco del veinticinco, se ha ido corriendo, pero, mi edad se ha estacionado allí, para pensarme así, como persona más humana, más autentica, más real.
Los fines no siempre son halagadores, desde la muerte de mi madre he vivido conteos de fin de año adversos, mas, no me he quedado en la tristeza, sino en la fuerza, por ello he procesado todos estos tiempos abonándole al conocimiento, la cultura, la verdad y la democracia; convencida de que “solamente lo que pasa, queda”.
Sobre el conocimiento, ha habido aprendizaje y muchos de quienes compartan estas reflexiones, seguramente también aprendieron. En mi caso, aprendí a cocinar diferentes platillos no solamente del arte culinario, aunque la gastronomía siempre ocupa un lugar principal en la vida de las personas y es cultura exquisita.
De pura empecinada, también le he abonado a la “cultura urbana alternativa”, pero, como todo cambia, ahora que consumo los últimos instantes de este año tan aleccionador, se me ha pegado en la memoria el “Alma en los labios” de los conversadores, como quien, siendo no-vidente y habitante del Parque Central de esta lojanidad, hace canto; un canto a la autenticidad.
Pero, no solo el canto de ella, también, de los coros y los murmullos de gente que se reúne en las plazas, y las voces de las vendedoras, artistas de calle y flautistas vienen a mi memoria.
Viendo el fin de año, viene a mis pensamientos la verdad, tan importante para vivir bien, por eso, las preguntas han quedado abiertas, para el debate, para hacer cultura de escucha viva. Porque en ese ejercicio, también hay riqueza, la de procesar un tiempo de participación, de opinión y labor social.
Los conteos van sumando y en verdad, todo cuenta, por simple que sea. Le ganamos la batalla a este fin de año y renovamos fuerzas.
