SE VA EL DOS MIL VEINTICINCO Y EN LA PAILA ME LOS TRINCO

Por: El Vacunador

¡Hijos de mi corazón!, mis queridos alcanfores:estoy con el pulso débil y unos terribles dolores.

Se me ha nublado la vista y me tiembla la barbilla;
me pesa la flatulencia, me suda la rabadilla.

Tengo la cara reseca y los ojos colorados,
los mofletes con arrugas y los párpados inflados.

Estoy cansado de andar, tras un largo recorrido;
mis pies ya no aguantan más y hasta el pipí se ha encogido.

Han pasado doce meses, como que si fueran mil;
para toditos ustedes voy resultando muy vil.

Les cuento que fui alcahuete del soborno y la vacuna,
donde tanto ejecutivo fue amasando su fortuna.

Trafiqué con combustible, me quitaron el subsidio;

y el vandalismo y los paros, fueron tremendo fastidio.

Los que pidieron salud vivieron dura odisea:
sin doctor, sin medicinas, y la corrupción campea.

Agendas siempre repletas; por una cita se implora.
Lo mismo pasa en el IESS como en el Isidro Ayora.

En justicia dejo deuda; muy de moda el sicariato,
y matones liberados por los jueces, de inmediato.

Después de los apagones, les di un inclemente invierno,
trocando su pobre vida en un verdadero infierno.

Fui roncero y desalmado, carente de previsiones;
los empapé de temores y deslaves a montones.

Las vías despedazadas son ya ruinas verdaderas;
imposible pregonar que tenemos carreteras.

Para lavarme las manos ante tanta negligencia
me salí por la tangente, negando mi competencia.

Durante estos doce meses no pude cumplir mis metas;
les cuento que no serví ni para limpiar cunetas.

El temporal inclemente y las lluvias torrenciales
fueron abatiendo puentes, para colmo de mis males.

La gente del Suroriente, en cada invernal deplora,
que nadie se compadece por lo que pasa en Nangora.

Ya mismo empiezan las lluvias a jorobar nuevamente;
no me ha importado un pepino ese clamor de la gente

Las calles llenas de huecos y con tráfico infernal,
es muy triste el deterioro de mi Loja cultural.

Para calmar las angustias les di trago, bola y red,
y aguantaron muchos meses, muertecitos de la sed.

Por eso tuve temores de que el pueblo, ya enojado,
me mande para el carajo, removido o revocado.

Aspiro que me perdonen, mis alcanfores amados,
porque acaso sin quererlo, yo los dejo bien fregados.

Ahora, me forman filas y van tomando distancia,
que repartiré mis bienes a toda mi militancia.

Vaya legando, notario, mi pobre fortuna trágica.
Escriba con pulso firme y con esa tinta mágica.

No importa si son del centro, de la izquierda o la derecha;
como dijo don Juan Cueva: la política me arrecha.

A vos, pequeñín Nobita, dejo jarabe y poción,
para que a las entrevistas les pongas más atención.

Por demorado, hijo mío, perdiste gran ocasión
de poner en la basura la adversa Constitución.

A mi Majito, la vice, mujer muy afortunada;
en salud la voy dejando, de ministra, bien pintada.
Te perderás, hija mía, como un alma solitaria,
queriendo acabar con toda la crisis hospitalaria.

A mi hija gobernadora, yo le dejo mi pereza,
para que, en cualquier conflicto, no asome ni la cabeza.

Despiértate, ya muchacha, aflora en el alboroto,
y ya no prestes tu imagen tan solo para la foto.

Si no corriges mijita, esa cómoda rutina,

antes que me prendan fuego, te cambio por Juan Medina.

A mis cuatro asambleístas (que no sé ni quiénes son),
por la Churona les pido que trabajen con tesón;
que no importe la doctrina, ni filiación ni carnet,
y que bajen sus proyectos, más que sea de internet.

Por todo lo que más quieran, también les pido, señores:
no sobornen ni vacunen a sus propios asesores.

A vos, Luchita González, mi becaria misteriosa;
yo te dejo mi bufete para que no andes de ociosa.

Olvida las elecciones, hazle a la vida una finta;

y escríbeme las memorias con esa mágica tinta.

A Mancino, mi prefecto, bajo impuesto doy mullapa,
para que arregle las vías que lo llevan a Zalapa.
Te suplico, hijito mío, no salgas de vacaciones:
la provincia te requiere en tiempos de inundaciones.

A mi suco, el Diez de Brillos, que nos dio su trago amargo,
yo lo dejo removido, bien removido del cargo.
También te dejo, hijo mío, mi red, mis bolas y cancha,
para que pidas urgente a la Diana, la revancha.

A vos, querida alcaldesa, quisiera darte un “okey”,
pero, por Dios, no te pases por encima de la ley.
Organiza a los bomberos, los mercados, no me falles,
pero, por lo que más quieras, no me cierres ya más calles.

A toditos mis ediles, que se la pasan de balde,
yo les dejo toda el hambre, el hambre de ser alcalde.
Trabajen, hijitos míos, ya desechen la modorra;
eso de andar conspirando, es pasársela de gorra.

A mis artistas trompudos, que están a la defensiva,
les dejo para el retozo, el Festival de Artes Vivas;
y pido a los productores involucrar al local:
no se olviden que aquí somos la Capital Musical.

A los diarios digitales que publican noche y día,
les dejo como regalo mi manual de ortografía;
y a mis hijos periodistas, que a la letra le hacen mal,
les dejo mi inteligencia, aunque sea artificial.

A todos los perripadres que pasean animales
dejo mis bolsas y guantes para remediar sus males.
Hijitos animalistas, ya dejen tanta alharaca:
las veredas ya no aguantan, bien repletitas de caca.

Adiós, queridos hijitos; ya superen sus temores.
No se asusten todavía, que se verán cosas peores.

Si este legado que dejo se va pasando por alto,
demanden ante ese juez que existe por Manglaralto.

Toditos digan alegres: “Adiós, dos mil veinticinco”,
y no se hagan ilusiones, que en la paila me los trinco.

Adiós, adiós, adiós…