Quilanga, 14 de enero 2026
La historia de un pueblo se escribe con los pasos de quienes llegan para quedarse. En 1925, el destino comenzó a trazar el camino de don Carlos Jumbo Jumbo, un hombre cuya vida se convertiría en el pilar fundamental de una estirpe y en el motor del progreso de una tierra que lo adoptó como propio.
Un encuentro escrito en las estrellas
Apenas asomaba la juventud en su rostro, con solo diecisiete años y una maleta cargada de ideales, don Carlos llegó a San Antonio de las Aradas de la mano de los señores Miguel y Daniel Salinas. Su misión era noble: dictar clases particulares. Sin saberlo, aquel joven maestro estaba labrando su porvenir. Tras cumplir con su deber en el cuartel, la vida lo condujo a Fundochamba, guiado por don Lorenzo Jaramillo Cueva.
Fue allí, entre el aroma a campo y la frescura de la sierra, donde el destino le presentó al amor de su vida: Rosa Ana Romero Jaramillo. Ella, una joven oriunda de Fundochamba, se convirtió en su compañera de sueños, en la raíz de su hogar y en la fuerza compartida durante décadas de camino juntos.
El apostolado de la enseñanza
Don Carlos no solo fue un maestro por nombramiento; fue un apóstol de la educación por vocación. Durante cuarenta años, su nombre estuvo ligado indisolublemente a la Escuela Manuel Carrión Pinzano. Allí, entre tizas y pizarrones, no solo enseñó letras y números, sino que levantó cimientos: aulas y canchas deportivas brotaron bajo su gestión, transformando la infraestructura educativa del sector.
Su visión no conocía el descanso. Junto a la señora Melania Rengel, fue el motor que impulsó la creación del Centro Artesanal Quilanga, entendiendo que el progreso de su pueblo dependía del trabajo digno y la capacitación de su gente.
Una familia con sello de excelencia
Fruto de aquel amor bendecido con doña Rosa Ana, nacieron diez hijos: Marco Bolívar, Adalberto, Esperanza Beatriz, Rosa España, Juan de Dios, Manuel de Jesús, Dolores Virginia, José Aurelio, Ruth Betsabé y Ruth Elizabeth.
Como buenos padres, Carlos y Rosa Ana entendieron que la mejor herencia era la educación. Tras sus primeros años en las aulas de su amada escuela y el paso por instituciones emblemáticas como La Salle y el Santa Mariana de Jesús en Loja, sus hijos volaron hacia la Universidad Central en Quito. Allí se profesionalizaron, pero nunca olvidaron de dónde venían.
El legado que trasciende el tiempo
Incluso tras su jubilación en los años noventa, el corazón de don Carlos seguía latiendo al ritmo de Quilanga. Con el respaldo de sus hijos, postuló a la Alcaldía en 1992, demostrando que su deseo de servir era inagotable. Tuve el honor de caminar a su lado en esa campaña, siendo yo un joven candidato a concejal que buscaba aprender de su ejemplo.
El corazón de don Carlos nunca cruzó la cordillera; se quedó entre los suyos. Su primogénito, Marco Jumbo Romero, heredó ese fuego y fue pieza clave para alcanzar la cantonización de Quilanga en 1988.
Hoy, don Carlos (1925-2006) y doña Rosa Ana (1935-2026) descansan, pero su estirpe mantiene viva la llama. Los diez hermanos Jumbo-Romero siempre regresan a su «pedacito de cielo». Sus visitas son el reencuentro con esa sabiduría que don Carlos nos entregó en cada charla. Seguimos contando su historia para que, con sus mismos ideales, construyamos juntos el cantón que él siempre soñó en nuestras conversaciones de camino.
