Luis Carrión Mora
Siempre pensé que el arquitecto y el maestro se parecen más de lo que parece. El uno levanta paredes, columnas, techos; el otro va armando, poco a poco, algo más delicado y seguro: la personalidad humana. En ambos casos, si la base no es firme, todo se viene abajo con el primer temblor. Yo aprendí eso temprano, cuando todavía era niño y la escuela quedaba lejos, tan lejos que llegar a ella ya era parte de la lección.
Corrían los años cuarenta y cincuenta. Desde Loja, o desde la cabecera cantonal más cercana, había que avanzar como se podía. Los buses no pasaban por ciertos lugares alejados y luego venía la caminata: una, dos, a veces hasta tres horas a pie, con sol, con lluvia, con neblina o con todo en solo combo. Así se llegaba a la escuelita más cercana, casi siempre unitaria, de madera o adobe, con seis grados reunidos en una sola aula. El único compañero fijo, además de los alumnos, era el mástil donde cada lunes izábamos el glorioso tricolor ecuatoriano. Eso bastaba para sentir que la patria también llegaba hasta esos rincones.
El nivel académico era distinto, no mejor ni peor, distinto. La mayoría de docentes éramos normalistas rurales, con cuatro años de estudio y formación sólida en Ciencias de la Educación. Teníamos nombramiento de segunda categoría y un compromiso que no estaba escrito en ningún reglamento. Luego estaban los bachilleres en Humanidades Modernas, seis años de estudio, tercera categoría, que debían canjear su título por el de Bachiller en Ciencias de la Educación para poder ejercer en primaria. Así funcionaba el sistema y así lo aceptábamos, porque lo importante no era el papel, sino el aula.
Recuerdo bien el año lectivo 1969-1970, cuando el Normal Eloy Alfaro de Cariamanga abrió un paralelo en la ciudad de Loja. Fue un acontecimiento. Muchos docentes de la ciudad y de la provincia volvimos a sentarnos como estudiantes, con cuadernos nuevos y la humildad intacta. Aprender también era una forma de enseñar. En aquellos años, la escuela se organizaba de manera simple: si había un solo maestro, era unitaria; de dos a cinco, pluridocente; con seis o más, completa o graduada. El director, a veces, no tenía grado a cargo, pero siempre tenía responsabilidades. Allí se acompañaba al niño desde el jardín hasta la adolescencia, entendiendo que la infancia no se apura y que cada etapa tiene su ritmo.
Volviendo a la comparación inicial, el arquitecto termina su edificio y se va. El maestro no. El arquitecto de la personalidad humana necesita tiempo, paciencia y varios caminos. Métodos, técnicas, didáctica. Primero el conductismo, necesario en los primeros años; luego el constructivismo, cuando el alumno empieza a razonar, sobre todo en Ciencias Naturales, Sociales y Lenguaje. Inducción y deducción iban de la mano, buscando no solo que el estudiante aprenda, sino que sepa aplicar lo aprendido en la vida. Hoy el escenario es diferente. La tecnología avanzó más rápido que la reflexión. El alumno muchas veces no razona: consulta, copia, repite. El computador responde, pero no siempre enseña. La relación entre profesor y alumno ya no es la de antes, y eso nos obliga a repensarnos sin renegar del pasado.
Después de más de sesenta años de docencia, sigo creyendo que lo esencial no ha cambiado: enseñar es acompañar, guiar. Si al final del camino queda satisfacción, si alguien recuerda una palabra o un gesto que le sirvió para vivir mejor, entonces la obra está en pie. Y eso, como toda buena construcción, resiste el tiempo.

