Numa P. Maldonado A.
En estos días de inicio de un nuevo año solemos desear a nuestros parientes, amigos y conocidos, y en general a todo el mundo, un feliz año, esa frase corta repetida por millones de voces y cargada de afecto y buenas intenciones. Algo que, si lo imaginamos a nivel planetario, en los términos que se produce casi al unísono en todos los confines de la Tierra, seguramente produce una extraordinaria vibración que retumba en todo el universo … Esta singular vibración, a pesar de su duración efímera (del corto tránsito del Año Viejo al Año Nuevo), es posible que se proyecte al resto del año calendario si cada uno de nosotros nos mostramos receptivos para acogerla y decidimos libremente, por cuenta propia y sin mayores complicaciones, ser felices. Justamente esto es lo que deseo sinceramente a mis amigos y lectores, al inicio de este 2026.
¿Qué significa ser feliz? No tengo la mejor respuesta, pero creo que podría ser algo como vivir con buena o aceptable salud, durmiendo bien y no dependiendo de nadie, en un entorno tranquilo y solidario, rodeado de buenos amigos y vecinos. Un ambiente tan especial y al mismo tiempo tan rutinario, que nos permita disponer de suficiente tiempo para vivir bien. Es decir, con buenos propósitos y sobriedad. Virtuosamente, como lo entendía Aristóteles. Contentos con lo que tenemos y hemos logrado, agradecidos por los años vividos y por poseer lo indispensable para vivir con dignidad y en forma honrada; por los buenos hijos, parientes y amigos, por los viajes realizados y las nuevas amistades y enseñanzas adquiridas; por los muchos momentos de paz y felicidad disfrutados, en fin por haber decidido ser feliz a pesar de los sinsabores, injusticias, equivocaciones y tristezas de la vida, esa contraparte que de alguna forma ingresa en el complejo concepto bipolar que tienen la felicidad y el bienestar humanos.
Por cierto, ser feliz no significa disfrutar del falso o absurdo vivir sin buenos y nobles propósitos, o autoengañarnos con adquirir poder y riqueza”, sin que importe los medios para conseguirlos, y convertirnos muchas veces en seres malvados e indignos. Es el caso, por ejemplo, de los oscuros personajes que comandan los gobiernos totalitarios y las dictaduras, y la cohorte adulona que los sostiene y rodea; de funcionarios públicos y profesionales al servicio de ellos o del crimen organizado; de gente que se presta para convertirse en testaferros o delatores por pagos significativos; de incautos niños y adolescentes que, por diferentes razones, son atrapados por bandas criminales y muchos convertirse en sicarios a sueldo, sabiendo que llevan una vida inútil y efímera… Toda ese grupo humano enloquecido por el dinero fácil, los antivalores y el poder pervertido, que tiende a extenderse por razones estructurales, ha elegido como propósito de vida el camino del Mal.
La felicitad está estrechamente ligada al bien. Y vivir bien y feliz, no es difícil. Es vivir con los preceptos morales que nos legaron nuestros padres: honradez, respeto, solidaridad, sobriedad… Reforcemos estas virtudes proponiéndonos, este año, no caer en la tentación de la riqueza mal habida y el poder, y ser más felices.
