P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ
Hemos concluido el tiempo litúrgico de Navidad con la celebración de la fiesta del Bautismo del Señor. Nos permitimos acentuar la riqueza espiritual de la Epifanía con los compromisos y retos que surgen como consecuencia de la manifestación del amor de Dios en nuestra vida. Caminamos con fidelidad en el camino que nos señala la Iglesia con la finalidad de acercarnos al encuentro con Jesús, el Hijo muy amado de Dios. La liturgia nos lleva, a través de diversos momentos narrados en la Sagrada Escritura, a contemplar para conocer el misterio de quien vino al mundo para entregar su vida por nuestra salvación.
Nos encontramos con un título cristológico que señala, un antes y un después, en la Historia de la Salvación: “El Cordero de Dios” que quita el pecado del mundo. Las lecturas presentan el momento solemne en el que el último profeta del Antiguo Testamento, Juan el Bautista, lo proclamó. Isaías, unos siglos antes del nacimiento del Enmanuel, decía: “Te voy a convertir en luz de las naciones, para que mi salvación llegue hasta los últimos rincones de la tierra”. El siervo, en quien el Señor manifestará su gloria, viene para guiarnos hacia la plenitud de la luz y la esperanza. La misión de este personaje, según el autor del Salmo 39, tiene un objetivo determinante: cumplir la voluntad del Señor con humildad y obediencia.
El Padre, que conoce el corazón de su Hijo, le fortalece en cada momento, como en su agonía en el huerto de los Olivos. Jesús anuncia, con su testimonio de vida, la justicia, verdadero rostro del Reino de Dios. El Verbo que comparte nuestra realidad asume con amor las consecuencias del dolor provocado por el pecado de la humanidad. Derrama su misericordia. La vida de las primeras comunidades cristianas ha recibido el kerigma, mensaje de paz y reconciliación, de grandes misioneros. Pablo y Sóstenes han evangelizado a los habitantes de Corinto, una ciudad cosmopolita, dispuesta a acoger a Jesucristo: “A todos ustedes, a quienes Dios santificó en Cristo Jesús y que son su pueblo santo, así como a todos aquellos que en cualquier lugar invocan el nombre de Cristo Jesús…”. Todas las cartas del Apóstol, dirigidas a esta comunidad, tienden a recordar la actualidad del mensaje recibido. Jesucristo celebra, para ellos y para todos, la Fracción del Pan.
Pablo promulga la unidad en la fe y la sencillez cotidiana. No debe existir división, ni distinción de clases. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo. Nosotros somos sus miembros. En el primer capítulo del Evangelio, según san Juan, el autor narra con sobriedad su profunda convicción. Destaca, a la luz de la fe y del testimonio, la centralidad de la gracia divina. Jesucristo ha venido “a bautizar con el Espíritu Santo”. El Cordero de Dios, presente entre nosotros, cambiará nuestra débil condición humana. Según San Agustín, “El Cordero Místico, en la liturgia y la fe, se convierte en alimento espiritual para los creyentes, consolidando la unión con Cristo, quien es a la vez Sacerdote y Sacrificio… adoremos al Cordero en unidad, reconociendo que todos somos ovejas que necesitamos a este Pastor que nos guía y nos alimenta”. Jesús nos ama.
