La ciudad primero: del cálculo electoral al proyecto de vida urbana

Edwin Villavicencio

La política local en Ecuador suele tratar a las ciudades como escenario y no como proyecto. Para muchos candidatos a las alcaldías, la ciudad es decorado de campaña o mapa de votos, pero no una comunidad compleja que requiere ser pensada en su integralidad: territorio, economía, cultura, servicios y futuro. Pensar en ciudad, como ciudad y en sus ciudadanos implica romper con esa mirada utilitaria.

Una ciudad no es solo calles que limpiar ni baches que tapar en campaña. Es un sistema vivo donde movilidad, seguridad, vivienda, empleo, espacio público y ambiente se conectan. Cuando los aspirantes a alcaldes reducen su propuesta a slogans sobre “más obras” o “mano dura”, revelan que no están pensando en ciudad, sino en su próxima elección. Gobernar una ciudad exige entenderla, escucharla y planificarla más allá de cuatro años.

La primera señal de que un candidato piensa en ciudad es su capacidad para leer el territorio. ¿Conoce los barrios periféricos o solo el centro? ¿Habla de transporte público integrado o se limita a ofrecer más cemento? ¿Entiende la relación entre expansión urbana, riesgos naturales y servicios básicos? Un alcalde que no comprende estas dinámicas termina aprobando urbanizaciones sin agua, mercados sin accesos y obras vistosas que se deterioran pronto.

Pensar en los ciudadanos significa reconocer su diversidad. No todos viven la ciudad igual: mujeres, personas con discapacidad, adultos mayores, jóvenes, vendedores informales y habitantes de barrios populares tienen necesidades distintas. Un gobierno local que planifica solo desde la óptica del auto particular y del centro comercial produce ciudades hostiles para quienes caminan, usan transporte público o viven de la economía popular.

El caudillismo municipal choca con esta visión. Cuando el alcalde se cree dueño de la ciudad, las decisiones se toman desde el ego y no desde la evidencia. Se priorizan obras con placa y cinta para cortar, en lugar de políticas silenciosas pero transformadoras: mantenimiento de redes de agua, prevención de riesgos, fortalecimiento de la policía municipal, sistemas de información urbana y participación ciudadana. El resultado son ciudades desiguales, fragmentadas y vulnerables.

Pensar en ciudad como ciudad también implica asumir que el municipio no puede hacerlo todo solo. Requiere coordinar con el gobierno central, prefecturas, parroquias rurales, universidades y organizaciones sociales. Un buen alcalde no es el que promete resolver todo desde el cabildo, sino el que teje alianzas para articular seguridad, movilidad, empleo y protección ambiental. El individualismo político es enemigo de soluciones urbanas duraderas.

De cara a las próximas elecciones locales, la ciudadanía tiene la oportunidad de cambiar el guion. No basta con escuchar quién ofrece más obras; hay que preguntar quién tiene un proyecto de ciudad y cómo piensa financiarlo, gestionarlo y evaluarlo. Elegir alcaldes que piensen en ciudad, como ciudad y en sus ciudadanos es la diferencia entre seguir atrapados en el día a día o construir ciudades que cuiden a quienes las habitan y no a quienes las gobiernan.