Alfredo Añazco y Maura Ochoa: entre la pluma, el telégrafo y el corazón de Quilanga

Quilanga, 20 de enero de 2026

Juan Luna

Don Alfredo Añazco (12 de octubre de 1916 – 7 de noviembre de 1997) y doña Maura Ochoa (21 de julio de 1913 – 17 de abril de 2008) son ilustres hijos de nuestro cantón. Don Alfredo vivió su niñez y juventud entre Macará y Chaguarpamba, mientras que doña Maura fue una sencilla y dedicada mujer de la aldea quilanguense.

Relatar la vida de estos insignes padres de familia —quienes criaron a 12 hijos, de los cuales 6 aún viven— resulta una tarea inmensa. Su lucha, esfuerzo y perseverancia dejan un legado de fe y trabajo que se traduce en honestidad, respeto y solidaridad. “Valores que enorgullecen a la familia Añazco Ochoa y a los quilanguenses”, afirma uno de sus hijos, Tarquino Añazco.

La historia de don Amado Alfredo Añazco inicia en el cantón Macará. Su madre, doña Gricelda Añazco, prestaba servicios como telegrafista en dicha zona fronteriza. Poco tiempo después, madre e hijo se trasladaron a su pueblo de origen, el hoy cantón Chaguarpamba, donde Alfredo transcurrió su juventud.

Un día, tras enterarse de que en Quilanga vivía don Carlos Añazco, hermano de su madre, decidió trasladarse a la joven parroquia. Fue allí donde nació una dulce historia de amor con doña Maura Julia Ochoa González.

“Don Alfredo se distinguía por su excelente caligrafía y ortografía, por lo que redactaba actas y escrituras que se protocolizaban en Gonzanamá. Durante un buen tiempo, también se desempeñó como reparador de las líneas de telégrafo en las vías Quilanga-Gonzanamá y Quilanga-Purunuma”, recuerda Tarquino. Por su parte, doña Maura, como la mayoría de las mujeres de la época, se dedicaba a los quehaceres domésticos y, los fines de semana, demostraba su arte culinario atendiendo a quienes acudían al pueblo por negocios o motivos espirituales.

Sus días en Quilanga transcurrieron entre estrechos vínculos familiares y sociales con familias como los Jaramillo Luna, Ojeda Valdivieso, Ludeña Castillo, Jiménez Marín, Ochoa Marín, Rojas Rojas y Luna Briceño, entre otras.

Mientras la familia se consolidaba, y en medio de circunstancias inciertas pero llenas de esperanza, decidieron trasladarse a Guayaquil. Llevaron consigo el sueño de salir adelante. La «Perla del Pacífico» los acogió y allí sus hijos lograron profesionalizarse. Desde Guayaquil, algunos de ellos emprendieron nuevos rumbos hacia la provincia de Sucumbíos y su capital, Nueva Loja.

Es importante destacar la vocación de servicio público de la familia: Tarquino fue el primer presidente del Municipio de Quilanga y Carlomagno fue Diputado por la provincia de Sucumbíos. Cabe agregar que don Carlos Añazco, tío de don Alfredo, fue el fundador y primer prefecto de la naciente provincia de Sucumbíos.

Entre el silencio de las escrituras que él redactó y la hospitalidad que ella sembró, queda demostrado que la mayor riqueza de un pueblo es su gente. Recordarlos nos da la certeza de que somos herederos de gigantes. Que su ejemplo sea la luz que guíe a nuestras nuevas generaciones para seguir construyendo, con la misma nobleza, el Quilanga de nuestros sueños.