El invisibilizado trabajo no remunerado

Diego Lara León

En Ecuador hay un sector que mueve la economía todos los días, pero no aparece en la factura, no tributa IVA, no consta en la nómina, no cotiza en bolsa, y, aun así, sostiene la operación del país, este sector es el trabajo no remunerado del hogar y de cuidados. Cocinar, limpiar, lavar, acompañar a un niño en tareas, atender a una persona mayor, organizar la casa, gestionar compras y cuidar la salud, son actividades que, cuando faltan, paralizan la productividad y suben los costos. Cuando existen, la economía “funciona” como si alguien hubiera financiado silenciosamente la infraestructura social.

El INEC lo pone en números con una claridad que incomoda, en el 2024, el Valor Agregado Bruto del Trabajo No Remunerado representó el 21,0% del PIB, equivalente a aproximadamente 24 mil millones de dólares. De esta cifra, las mujeres aportaron el 15,6% del PIB, mientras los hombres 5,4%.

Dicho en lenguaje ejecutivo, una quinta parte de la producción nacional ocurre fuera del radar contable, pero dentro del hogar.

Ahondemos más en las cifras del trabajo no remunerado, el 78,4% de su aporte al PIB, corresponde al trabajo doméstico no remunerado para el propio hogar (más o menos 19 mil millones de dólares). Dentro de ese bloque, la preparación y servicio de comida concentra 41,4% (8 mil millones), con 84,7% de participación femenina.

De cada cien horas de trabajo no remunerado, las mujeres realizan 75. Cuando miramos el histórico de uso del tiempo, la asimetría es estructural: la encuesta de uso del tiempo muestra que, en trabajo no remunerado, las mujeres promedian 32 horas semanales frente a 9 de los hombres.

Hay además un dato que suena a “eficiencia”, pero es un síntoma de invisibilidad, por cada cien dólares de gasto de consumo en los hogares, estos “ahorran” 35 por el no reconocimiento económico del trabajo no remunerado.

Muchos dirán que el medir el trabajo no remunerado ha sido un adelanto, pero medirlo no es suficiente.

¿Qué deberíamos hacer? Primero, visibilizarlo y darle el valor que tiene. Segundo, promover corresponsabilidad (licencias parentales, horarios flexibles reales, teletrabajo con reglas); y construir alianzas público-privadas para centros de cuidado vinculados a zonas productivas. No es “gasto social”, es inversión con retorno. Porque cuando el cuidado deja de ser un cuello de botella, sube la participación laboral, mejora el desempeño educativo, baja la rotación de personal y se fortalece el capital humano.

El Ecuador ya tiene el diagnóstico y el valor en dólares. El siguiente paso es el más estratégico, reconocer el trabajo no remunerado como lo que es, un motor económico, y, convertirlo en política pública y práctica empresarial. La economía no solo crece con más producción, crece cuando el país cuida a quienes sostienen, día tras día, la base de la sociedad.

@dflara