P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ
El Papa León promulgó, con motivo del comienzo de la Cuaresma de este año, su mensaje en el que predominan, como elementos nucleares, dos verbos: escuchar y ayunar. En la introducción, expresa, que vivimos “el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas”.
El llamado del Pontífice refuerza la experiencia de un nuevo éxodo por “el itinerario cuaresmal que se convierte en una ocasión propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su pasión, muerte y resurrección”. La Palabra de Dios, en la vocación y misión del autor del libro del Génesis, recrea la creación del hombre con una catequesis secuencial: “El Señor Dios tomó polvo del suelo y con él formó al hombre”. El momento solemne podría quedar plasmado en la historia bíblica y en la literatura universal como un hecho deslumbrante. Sin embargo, destaca con sutileza aquello que confiere al hombre la pertenencia a la esencia divina: “Le sopló en las narices un aliento de vida y el hombre comenzó a vivir”.
La cercanía con la Palabra de Dios fortalece el espíritu del hombre frente a la realidad con la que debe convivir. El hombre creado por la mano de Dios tiene que enfrentarse a la astucia de una serpiente, prototipo de la tentación y la caída. El hombre y su mujer, desnudos en el campo que había creado Dios, y que han comido del fruto del árbol ubicado en el centro del Jardín, prohibido por Dios, quedan expuestos a su vergüenza: “Se les abrieron los ojos a los dos y se dieron cuenta que estaban desnudos. Entrelazaron unas hojas de Higuera y se las ciñeron para cubrirse”. Ayer y hoy, el hombre cierra sus oídos a la voz de Dios.
El Papa recuerda: “Entre las muchas voces que atraviesan nuestra vida personal y social, las Sagradas Escrituras nos hacen capaces de reconocer la voz que clama desde el sufrimiento y la injusticia, para que no quede sin respuesta”. La desobediencia descubre al pecado. La plegaria del salmista, profunda y cruda, a la vez, describe nuestra fragilidad:” Misericordia, Señor, hemos pecado”. San Pablo concluye su testamento eclesial a la comunidad de Corinto con claridad cristocéntrica y teológica de alto nivel, desde la enseñanza del Génesis: “Y así, como por la desobediencia de uno, todos fueron hechos pecadores, así por la obediencia de uno solo, todos serán hechos justos”.
Jesucristo, dice el Apóstol, con su obediencia nos enseñó a escuchar la voz del Padre. Según la profundidad del Papa León, “Si la Cuaresma es tiempo de escucha, el ayuno constituye una práctica concreta que dispone a la acogida de la Palabra de Dios”. Jesús venció el egocentrismo del diablo, de acuerdo al relato de San Mateo. La misión de Jesús, después de las tentaciones en el desierto, nos lleva a vivir la Cuaresma en la realidad actual.
