Luis Pineda
Una vez terminado el carnaval, los cristianos, nos preparamos para la Semana Santa mediante el tiempo de la Cuaresma. Pero, ¿qué significa la Cuaresma? En pocas palabras: Llamamos Cuaresma al período de cuarenta días (cuadragésima) reservado a la preparación de la Pascua. Desde el siglo IV se manifiesta la tendencia a constituirla en tiempo de penitencia y de renovación para toda la Iglesia, con la práctica del ayuno y de la abstinencia.
Pero, en la situación actual del Ecuador y del mundo, la Cuaresma debe significar compromisos concretos que evidencien nuestro amor a nuestros hermanos.
Frei Betto, nos propone algunas pistas de compromiso cristiano: “Se alzó el telón de la Cuaresma, con la imposición de la ceniza sobre nuestras cabezas, símbolo penitencial, llamada a la conversión, tiempo favorable para la renovación personal y comunitaria que nos conduce hacia la Pascua de Jesucristo muerto y resucitado. El Papa, en su mensaje de Cuaresma: «No nos cansemos de hacer el bien en la caridad activa hacia el prójimo.”
Por las reflexiones anteriores, los cristianos tenemos un reto: El cristianismo debe convertirse en un proyecto civilizatorio. Leonardo Boff, nos ayuda a buscar este camino:
“Hablar de otro reino, el de Dios, dentro del reino de César, equivaldría hoy a hablar de democracia en tiempo de dictadura. Lo cual explica el por qué todos nosotros, cristianos, somos discípulos de un prisionero político. Como tantos perseguidos por gobiernos autoritarios, que estuvieron encarcelados, torturados y asesinados, él también fue apresado, torturado, juzgado por dos poderes políticos y condenado a muerte en cruz.
¿Cómo lograr semejante proyecto civilizatorio? Jesús acentuó nítidamente que para eso es necesario renunciar, como valores o meta de la vida, al tener, al placer y al poder, simbolizados en los episodios de las tentaciones sufridas por él en el desierto (Lucas 4, 1-13).
Hay que ser solidario con los excluidos, como hizo el buen samaritano; compasivo, como el padre del hijo pródigo; despojado, como la viuda que donó al templo el dinero que necesitaba. Hay que asegurar a todos condiciones dignas de vida, como se dice en el relato de la multiplicación de panes y peces. Hay que denunciar a los que ponen la ley por sobre los derechos humanos y hacen de la casa de Dios una cueva de ladrones. Hay que hacer de nuestra carne y sangre pan y vino para que todos, como hermanos y hermanas, en torno a la misma mesa, comulguen en el milagro de la vida unidos por un solo Espíritu.
Ahora bien, si estamos de acuerdo con el fundamento de toda la predicación de Jesús -de que el ser supremo para el ser humano es el mismo ser humano- entonces sólo nos falta preguntar por qué tantos seres humanos, en este mundo globocolonizado en que vivimos, están condenados, por estructuras injustas, a la miseria, a la exclusión, a la emigración forzosa, a la muerte precoz, en fin a una vida de sufrimiento y opresión.
Y tengan o no fe en Dios, todos los que se comprometen en combatir las causas de la injusticia hacen la voluntad de Dios según la palabra de Jesús. Y así demuestran que ese «reino de César» debe ser abolido para dar lugar a otro reino, en el cual todos tengan asegurados, por sus estructuras, la vida en plenitud. En eso se resume el proyecto de Dios para la historia humana y la utopía anunciada por Jesús.”
