Jeamil Burneo
En la planificación territorial existe un principio fundamental: cuando una sociedad pierde la capacidad de priorizar sus problemas estructurales, comienza a administrar síntomas en lugar de causas. Lo que observamos hoy en Ecuador es precisamente ese fenómeno, pero amplificado por la lógica contemporánea de la comunicación política digital. Mientras temas estratégicos como el cierre de fronteras en el Loja, la crisis agrícola o una eventual reforma del régimen de autonomías locales permanecen en segundo plano, el debate público se desplaza hacia episodios mediáticos de alto impacto emocional pero bajo contenido estructural. La controversia sobre los llamados “Therians” —personas que se autoidentifican simbólicamente como animales— se convierte así en un ejemplo paradigmático de distracción social funcional al poder.
Esto no es un accidente, sino una construcción. La política moderna entiende que la atención es el recurso más escaso de la sociedad contemporánea. Quien controla la agenda emocional controla también la percepción de la realidad. El aparato institucional y comunicacional puede, de manera deliberada o no, instalar narrativas que desvíen el foco de los temas complejos hacia fenómenos virales, generando ciclos de indignación, polarización y entretenimiento. El resultado es una ciudadanía saturada de estímulos, pero desinformada en lo esencial.
El riesgo mayor aparece cuando estas dinámicas coinciden con procesos estructurales de recentralización del poder, aquí en nuestro Ecuador. La posible reforma del régimen de autonomías territoriales —que afecta competencias y financiamiento de los gobiernos locales— representa un tema de enorme trascendencia para el modelo de Estado. Sin embargo, su complejidad técnica la vuelve menos atractiva para el consumo digital masivo que un debate identitario o cultural cargado de emociones. Como advertía Guy Debord en su crítica a la sociedad del espectáculo, “todo lo que antes se vivía directamente se ha alejado en una representación”. La política se convierte entonces en una sucesión de imágenes que sustituyen la discusión racional.
Esta distorsión tiene consecuencias concretas. Las autonomías locales no son un concepto abstracto; determinan la capacidad de los territorios para invertir en infraestructura, programas sociales, cultura o desarrollo productivo. Si se reducen recursos a los gobiernos autónomos descentralizados, los primeros afectados serán los sectores vulnerables: adultos mayores, niños, programas culturales y servicios profesionales comunitarios. Paradójicamente, son justamente estos ámbitos los que fortalecen la cohesión social y la alfabetización crítica que necesitamos como vacuna ante los embates de la se información digital.
La provincia de Loja ilustra bien esta tensión. Problemas urgentes como la dinámica fronteriza, el comercio binacional o el impacto climático sobre la producción agrícola requieren atención inmediata y políticas públicas coordinadas. Sin embargo, en la lógica de las redes sociales, estos temas generan menos interacción que los contenidos sensacionalistas. El algoritmo no premia la relevancia social, sino la intensidad emocional. Así, la agenda pública termina determinada por métricas de viralidad antes que por prioridades territoriales.
Este fenómeno no es exclusivo del Ecuador. En múltiples democracias contemporáneas se observa la preocupación por el impacto de las redes sociales en la formación de la conciencia crítica, especialmente en niños y adolescentes. El presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, ha planteado la necesidad de restringir el acceso temprano a plataformas digitales para proteger el desarrollo cognitivo y emocional de los menores. Más allá de la medida concreta, el debate revela una inquietud profunda: la tecnología ha superado la capacidad social de procesar información con criterio crítico.
Según Iván Medel, el mapa del desvío funciona muchas veces mediante tres mecanismos: la ancla, la niebla y la trampa. La ancla consiste en instalar un tema emocionalmente potente que capture la atención colectiva. La niebla se genera mediante silencio institucional o ambigüedad respecto a los temas estratégicos reales. Finalmente, la trampa aparece cuando la indignación viral consume el espacio público, dejando sin energía a la ciudadanía para analizar lo estructural. Este ciclo produce una sensación de participación política intensa, pero en realidad desvía la acción colectiva hacia lo anecdótico.
Frente a este escenario, la salida no puede ser únicamente comunicacional; debe ser cultural y educativa. La alfabetización crítica se convierte en una herramienta de emancipación social. Paulo Freire sostenía que “la educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo”. Aplicado al contexto actual, implica formar ciudadanos capaces de distinguir entre entretenimiento mediático y decisiones estructurales que afectan su vida cotidiana. Sin esa capacidad, la democracia se debilita porque las decisiones se toman en entornos de desinformación emocional.
El problema también refleja una crisis de sentido comunitario. Las sociedades contemporáneas han priorizado la competencia individual sobre la construcción colectiva, lo que facilita la manipulación emocional mediante identidades fragmentadas. Recuperar una ética comunitaria —no en términos ideológicos, sino prácticos— permitiría fortalecer la capacidad de la ciudadanía para exigir atención sobre temas realmente relevantes: producción, empleo, servicios públicos, autonomías territoriales, arte, cultura y bienestar social.
En última instancia, la pregunta filosófica es sencilla pero incómoda: ¿qué tipo de sociedad queremos ser? Una que reacciona impulsivamente ante estímulos emocionales o una que prioriza el análisis racional de su futuro colectivo. La planificación territorial enseña que el desarrollo sostenible depende de decisiones informadas y consensos sociales. Cuando la atención pública se desvía hacia lo irrelevante, el territorio pierde capacidad de construir su propio destino.
