Efraín Borrero Espinosa
En Loja aparecieron los primeros profesionales de la salud dental en los albores del siglo XX, época en la que se les conocía únicamente bajo el término de dentistas. En aquel entonces la odontología no era una disciplina segmentada; no existían las especialidades que conocemos hoy: ortodoncistas, endodoncistas o periodoncistas; uno iba donde el dentista «para las que sea», pues él mismo se encargaba de limpiar, extraer o curar las piezas dentales según la necesidad. Algunos elaboraban prótesis artesanales sin que faltaran los populares dientes de oro que se los veía a leguas. Es decir, eran profesionales multifacéticos.
Mi apreciado amigo Patricio Aguirre Aguirre, reconocido ampliamente por su labor en la investigación de la historia de la medicina y la salud en Loja, me hizo saber que los primeros dentistas que ejercieron su profesión en Loja fueron: Alfredo Aguirre Palacio y Luis Felipe Guarderas, en 1924; Aurelio Jaramillo Jaramillo, en 1930; Ramón Apolo en 1932; Francisco Lecaro Perez y su esposa Luz Maria Mora, que fue la primera odontóloga en Loja, en 1933; y, Carlos Rojas en 1937.
Ellos utilizaban un torno dental a pedal accionado por una correa, cuya invención, según cuenta la Historia de la Odontología en el Ecuador, se basó en las máquinas de coser Singer activadas por pedal. Hoy en día la turbina dental moderna utiliza aire comprimido para alcanzar velocidades de hasta cuatrocientas mil revoluciones por minuto, permitiendo a los odontólogos realizar procedimientos con precisión y eficiencia.
Sobre Alfredo Aguirre Palacio existe una vasta trayectoria que destacar. Nació en Loja el doce de enero de 1897. Se graduó de médico odontólogo en la Universidad Central de Quito en 1922, compartiendo los dos primeros años de estudio con Isidro Ayora Cueva, porque esa era la modalidad en la Facultad de Medicina.
Cuando retornó a Loja con el título en mano enfrentó el inicio de su vida profesional sin más ayuda que su optimismo en alto. En Quito averiguó el costo del sillón dental y demás implementos necesarios para atender a los pacientes, pero no contaba con los recursos económicos para la adquisición, entonces acudió al hombre que era el banco de la época: Daniel Álvarez Burneo, para solicitarle un préstamo, quien no tuvo inconveniente en facilitarle el dinero conociendo su entorno familiar.
Tuve la dicha de conocerlo junto a su distinguida esposa, Maruja Montero García, nacida en Manabí, por la relación de amistad con sus hijos, especialmente con Lucía, destacada escritora radicada desde hace años en Suiza. En algunas ocasiones nos brindó gentilmente su hermosa y amplia casa de habitación ubicada en el sector “Chorrillos”, para realizar nuestras matinés bailables de juventud, desde las dos de la tarde hasta las siete de la noche como era costumbre.
“Chorrillos” era una especie de estancia situada en la parte alta del entonces estadio municipal, en la que Alfredo Aguirre tenía unas cuantas cabezas de ganado. Años después destinó gran parte del predio a la construcción de la primera urbanización de Loja, propiciando un importante polo de desarrollo urbano en nuestra ciudad.
Con Lucía Aguirre conservamos una entrañable amistad. En septiembre de 1966, juntamente con otros apreciados amigos y amigas viajamos a los Estados Unidos de Norte América. Fuimos invitados para representar al Ecuador en el Festival Internacional del Banano que anualmente se realiza en la pequeña ciudad de Fulton, Estado de Kentucky, y mostrar nuestras tradiciones folclóricas.
En el trayecto le confesé una inquietud: ¿cómo así nos tomaron en cuenta para un festival internacional bananero si apenas tenemos una que otra planta de plátano en toda la provincia?
Entonces quedamos en que, si algo nos preguntaban al respecto, debemos decir que la hacienda “La Clementina” está ubicada en Loja. Claro que nos reímos ante tan singular ocurrencia.
Lucía me comentó que en 1928 su padre y su abuelo Roberto Aguirre trajeron el primer vehículo marca Ford modelo T a Loja, y fue un verdadero acontecimiento. Cuando recorría las pocas calles de la pequeña urbe los transeúntes se mantenían quietos para ver sorprendidos el paso del aparato. Asegura que en ese año su padre obtuvo el primer brevet de chofer, lo que hoy se llama licencia de conducir, seguramente conferido por el gobernador.
Alfredo Aguirre Palacio, además de destacado odontólogo, fue un suscitador que contribuyó con sus edificantes acciones al desarrollo de Loja. Fundó y presidió la Liga Ecuatoriana Antituberculosa (LEA) en Loja, establecida oficialmente el diecinueve de junio de 1940 en la ciudad de Guayaquil, como una respuesta privada y filantrópica para combatir la tuberculosis, ante la falta de infraestructura estatal para tratar esa enfermedad. Con el tiempo, esas funciones y toda la infraestructura fueron absorbidas por el Ministerio de Salud Pública.
Cuando se creó el Comité Amigos de Solca de Loja, el veintitrés de agosto de 1962, en la necesidad de liberarnos de la dependencia de Solca Cuenca, Alfredo Aguirre fue parte del primer directorio en calidad de tesorero, lo que evidencia su espíritu de colaboración.
Nos representó en el Congreso Nacional como diputado y, ocasionalmente, como senador alterno, velando siempre por los intereses de su tierra natal. Además, ejerció las funciones de Gobernador de la Provincia en dos ocasiones.
En los gobiernos seccionales tuvo un destacado desempeño como concejal, consejero provincial, Alcalde de Loja y Presidente del H. Consejo Provincial, actual prefectura. Su fecunda labor se plasmó en importantes obras a nivel del cantón y la provincia de Loja.
Presidió la Fundación Dorotea Carrión dedicada principalmente a la protección y formación integral de mujeres vulneradas, niñas y adolescentes, y como presidente de la Fundación Álvarez fue gran gestor para la creación del Colegio Daniel Álvarez, que a lo largo del tiempo ha brindado educación de calidad a miles de jóvenes.
Cuando Isidro Ayora Cueva visitó Loja en 1955, frisando los setenta y seis años de edad, Alfredo Aguirre Palacio, en su calidad de Alcalde del Cantón, brindó una recepción de gala a tan ilustre lojano y amigo entrañable, en el amplio salón de la Casona Universitaria, el día nueve de septiembre. La comisión organizadora contrató el siguiente menú para el banquete: Entrada “Carretera Presidente Ayora”, consomé zamorano, lengua de la frontera, budín de escabeche, pavo ruso, jamón americano, pastel de chocolate macareno, copa de frutas “Malacatos” y tinto lojano.
A Luis Felipe Guarderas, de origen peruano, lo conocí desde cuando cursaba mis estudios en la escuela Pensionado San Luis que luego se llamó Centro Educacional de Niños Mariana Córdova de Sotomayor, ya que el director, Miguel Ángel Suárez, tenía un convenio de asistencia dental para el alumnado.
Además de ser muy activo en la profesión era participativo en la Federación Médica Provincial de Loja, organización gremial que a partir de 1951 aglutinó a profesionales de la salud, esto es: médicos, odontólogos, farmacéuticos, obstetrices y laboratoristas.
De Aurelio Jaramillo Jaramillo, lojano, casado con la dama Esther Castillo, conozco que trabajaba junto con su pariente Jorge Alvarado Jaramillo para la elaboración de las chapas dentales, conocidas técnicamente como prótesis dentales removibles o coloquialmente como dentaduras postizas, quien, además, recorría los pueblos de la provincia en donde ofrecía sus servicios para la curación y extracción de piezas dentales, para cuyo efecto tenía tarifa diferenciada: dos sucres con dolor y tres sucres sin dolor; es decir, con anestesia.
La señorita Palomino también trabajaba como mecánica dental en nuestra ciudad. En uno y otro caso los conocimientos eran empíricos y sin duda fueron adquiridos en la “universidad de la vida”.
Algunas personas acudían a los boticarios o farmacéuticos que ofrecían preparados medicinales para aliviar el dolor; otras tenían sus curanderos conocedores de plantas locales que aplicaban remedios caseros para calmar infecciones y dolores de muelas, quienes a menudo usaban alcohol y tabaco.
En cuanto a Francisco Lecaro Pérez, nacido en Santa Rosa, provincia de El Oro, hijo de Juan Francisco Lecaro y Rosa Clemencia Pérez, fue una figura apreciada y destacada en la ciudad de Loja.
Con su carisma conquistó el corazón de los lojanos y con sus edificantes acciones contribuyó al desarrollo de esta tierra cosmopolita que lo acogió con los brazos abiertos, habiéndose desempeñado como presidente del Concejo Cantonal de Loja en el año 1942.
Es importante anotar que por aquel tiempo los cantones (incluido Loja) eran administrados por un Concejo Municipal, cuyo titular era el presidente del Concejo, elegido de entre los concejales. Fue en la Constitución de 1945 que se creó el cargo de Alcalde Municipal como autoridad ejecutiva cantonal, electa por voto popular. En 1947, Loja eligió a Eduardo Mora Moreno como su primer alcalde.
Francisco Lecaro Pérez fue pionero del baloncesto en nuestra ciudad, junto con Julio Hidalgo González, Carlos Burneo Arias, Lauro Guerrero Varillas y Victoriano Palacios Moreno, según refiere Alberto Sánchez en su Historia del Baloncesto en Loja. Años después fue miembro activo en la organización gremial médica de Loja.
Su nombre está consagrado en un establecimiento educativo de la provincia y en una calle de la ciudad de Loja.
Por la respetabilidad y consideración que logró Francisco Lecaro Pérez por parte de la sociedad lojana y el constructivo aporte brindado al desarrollo de Loja, bien cabe atribuirle, en sentido figurado, la famosa frase dicha por Julio César, triunfalista general romano: «vine, vi, vencí».

