Galo Guerrero-Jiménez
En el ámbito literario, la lectura adquiere diversos ribetes interpretativos y, por ello, en el campo de la educación formal no se debe someterla a los mismos lineamientos de examinación que se establecen para el resto de asignaturas que son evaluadas con el rigor científico o pedagógico al que se atienen los maestros desde las normativas estatuidas desde el mismo Estado a través del Ministerio respectivo. De ahí que, los expertos en el campo literario afirman que convendría hacer de la clase un recreo, es decir, que la lectura sea recreativa, entretenida, de disfrute, de regocijo y sin ninguna restricción que no sea la de dejarlo libremente al alumno para que lea en el más completo silencio, junto a sus compañeros y con la mediación de su docente, tal como sí se hace en algunos establecimientos del país, cuando deciden que haya un tiempo prudencial de lectura a la semana para que toda la institución: autoridades, docentes, alumnado, personal administrativo y de servicio, se dediquen al encanto de la lectura de un tema literario: atrayente, sustantivo, en donde, en efecto, se note el disfrute personal que esa historia ficticia es capaz de generar en cada lector.
Y es que, los diversos ribetes interpretativos que la literatura le depara a cada lector, van en consonancia con su formación; hace cuatro siglos, el español Miguel de Cervantes en su obra cumbre que ha sobrevivido a lo largo del tiempo, Don Quijote de la Mancha, ya anunciaba que se procure que, “leyendo vuestra historia, el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla” (2004). Y, por ende, puntualiza también del poder que tiene el escritor, dentro del campo de su libertad, para crear una historia, y en la que debe procurar que, “a la llana, con palabras significantes, honestas y bien colocadas, salga vuestra oración y periodo sonoro y festivo, pintando en todo lo que alcanzaredes y fuere posible vuestra intención, dando a entender vuestros conceptos sin intrincarlos y escurecerlos”.
Es decir, aprender a lenguajear la palabra, tanto al escribirla como al leerla. En ambos casos se promueve una recreación artística, excelsa, a la cual hay que saber llegar con el esplendor estético que cognitiva, axiológica, lingüística e imaginariamente el escritor la ha preparado para que el lector aprenda a experimentar las más divertidas emociones que la obra literaria contiene en su más viva condición humanística.
