Eros, estudio, alteridad e información internetizada

Galo Guerrero-Jiménez

Hoy, en que cada vez se consume más información escrita y audiovisual por efecto de la transformación que sufre la sociedad planetaria a través de las pantallas digitalizadas, la manera de aprender y de enseñar en el campo de la educación, cada vez es más compleja, en virtud de que, el docente, el alumnado y todo profesional en general lo que hace es consumir desde el ámbito de la inmediatez esta información de diversos actores que, por lo regular, no siempre son los más formados; por lo tanto, la preparación intelectual del ciudadano común y corriente no es la más idónea. A este consumo soso, insípido de información ‘internetizada’ y de otros aspectos nocivos que, desde el contexto ecológico situacional, afectan a un buen número de ciudadanos, en especial, del complejo mundo de la educación formal en todos los estamentos de su quehacer cotidiano, está provocando una pobreza de pensamiento en la que el ser de lo humano desmejora con la desfachatez que hoy pulula en todas las circunstancias de la vida.

Por lo tanto, esta idea de sociedad y de cultura que hoy estamos obteniendo trasciende los umbrales de la desidia, del quemeimportismo y de una falta de preparación que desde el mundo axiológico, estético, cognitivo y lingüístico, nos está anulando el eros por el aprecio a la vida, al estudio, a la preparación académica, al cultivo de la alteridad y, sobre todo, está incidiendo “en la pésima preparación de los profesores [y de los profesionales en general] (pero ¿quién enseña a los profesores?), y en su escaso compromiso con un trabajo excepcionalmente complejo y difícil, que requiere cualidades específicas y notables: imaginación, valor, pasión cultural y capacidad comunicativa, curiosidad por los demás…” (Berardinelli, 2016) que, desde el cultivo del eros, es decir, desde esa capacidad especial para amar la vida, canalizada a través del conocimiento para aprender a estudiar construyendo hábitos mentales que nos lleven a valorar el mundo de las tecnologías de manera consciente, para no ser meros dependientes de la basura ideativa que pulula indiscriminadamente en las pantallas digitalizadas, sencillamente porque, en especial en el campo de la educación escolarizada, no hemos podido “transformar los [establecimientos educativos] en centros de investigación didáctica además de en lugares para la transmisión del saber, así como hacer que los profesores sean capaces de actuar por sí mismos los modelos y las estrategias de su propio trabajo” (Berardinelli, 2016).