Luis Antonio Quizhpe
El trabajo es la actividad física o intelectual que realiza el ser humano para alcanzar un objetivo o satisfacer una necesidad, mediante la producción de bienes y servicios. Hay varios tipos de trabajos que se realizan: manual, intelectual, calificado, semicalificado, no calificado, artesanal, industrial, dependiente, independiente, eventual, formal, informal, individual, en equipo, presencial, remoto, esclavo, infantil, social, voluntario, académico.
En todo caso, el trabajo honrado es una forma de ganarse la vida, de dar sentido a la existencia, de trazar un propósito y de cultivar la dignidad personal. El hombre solo es feliz cuando en la vida ha hecho algo para sí mismo, para la familia y la sociedad, se ha relacionado con los demás, se ha sentido útil, necesario e importante, ha fortalecido su equilibrio personal y ha mantenido su salud física y mental y al fin se siente dichoso y realizado.
Con razón decía Víctor Hugo “el trabajo endulza siempre la vida, pero los dulces no gustan a todo el mundo”, con lo cual quería explicar que no todos trabajan; habrá siempre haraganes, ociosos, dejados, bagos que, poco o nada les importa trabajar para vivir, no creen que la actividad física o mental trae beneficios no solo para la salud sino para el bienestar común y para colmar nuestro mundo emocional. Son los holgazanes, inactivos, desocupados.
Este valor esencial para la vida lo reseñamos en el cuento La abeja haragana, del escritor uruguayo Horacio Quiroga: Resulta que en una colmena había una abeja que no quería trabajar, que se pasaba todo el día chupándose el jugo de las flores y, en vez de conservarlo para convertirlo en miel se lo tomaba todo. De esta actitud se dieron cuenta las abejas obreras y le advirtieron varias veces que se debe trabajar. Pero la abejita no se corrigió hasta que la familia tomó una actitud dura, pero ejemplarizadora.
Al llegar una noche y el frío invierno la abeja asomó cansada a su colmena, pero las hermanas no la dejaron entrar y la echaron. Sin tener donde dormir la abeja llorando se arrastró hasta un tronco y fue a parar en una cueva donde le esperaba una víbora lista para devorarla. Vivió una noche larga, horrible, trágica que solo pudo salvarse por la apuesta que le ganó a su enemiga, escondiéndose en una hojita de sensitiva que tiene la propiedad de cerrarse al mínimo contacto.
Al otro día, la abejita voló y gimiendo en silencio llegó a la colmena hecha por el esfuerzo de la familia. Las abejas de guardia la dejaron pasar sin decirle nada, porque comprendieron que la que volvía no era la paseandera haragana, sino una abeja que había hecho en una sola noche un duro aprendizaje de la vida. De ahí para delante ninguna como ella recogió tanto polen ni fabrico tanta miel. Y antes de morir dio la última lección a las jóvenes abejas que le rodeaban: “Solo una vez utilicé mi inteligencia para salvar mi vida, aunque no siempre puede resultar. Nos hace falta la noción del deber. Trabajen compañeras, pensando que el fin a que tiende nuestros esfuerzos -la felicidad de todos- es muy superior a la fatiga de cada uno”.
