Dueños de nada, responsables de todo

Elena Carrión

Vivimos en una época en la que resulta común escuchar que el mundo está cada vez peor. Las noticias diarias suelen mostrarnos violencia, corrupción, intolerancia, indiferencia y una preocupante pérdida de valores. Frente a esta realidad, muchas personas hablan de la necesidad de construir un mundo mejor. Sin embargo, quizá la reflexión deba comenzar por una pregunta distinta: ¿es realmente el mundo el que necesita cambiar o somos  nosotros quienes hemos perdido el rumbo?

El planeta que habitamos continúa quizá un poco más devastado del que acogió a generaciones anteriores; sin embargo, cada amanecer nos demuestra que llega con idéntica puntualidad, los ríos siguen su curso, las montañas permanecen firmes y la naturaleza conserva una extraordinaria capacidad para renovarse. La Tierra no ha transformado su esencia.

Con frecuencia buscamos culpables de los problemas que nos rodean, porque de alguna manera evadimos asumir los errores cometidos en contra de quien nos acoge, ¡nuestra madre tierra! responsabilizamos a los gobernantes, a las instituciones o a las circunstancias. Sin embargo, olvidamos una verdad elemental: las sociedades están formadas por personas. Cada acto de honestidad fortalece el tejido social, pero cada acto de indiferencia también lo debilita. La calidad de una comunidad depende, en gran medida, de las decisiones cotidianas de quienes la integran.

Uno de los mayores yerros de nuestra época consiste en creer que somos dueños absolutos de cuanto existe. Actuamos como propietarios de los recursos naturales, del tiempo e incluso del futuro. Sin embargo, la realidad es muy distinta. Somos simples inquilinos de un planeta extraordinariamente generoso que nos ofrece aire, agua, alimentos y todo aquello que hace posible la vida. Recibimos mucho más de lo que podríamos devolver, pero con frecuencia respondemos a esa generosidad con descuido, maltrato, contaminación, explotación irresponsable…

A esa realidad se suma otra verdad que muchas veces preferimos ignorar: nuestra propia mortalidad. Sabemos que la vida tiene un límite, pero vivimos como si fuéramos inmortales. Acumulamos bienes, perseguimos reconocimientos y dedicamos enormes esfuerzos a asuntos que, con el paso del tiempo, terminan perdiendo importancia. Mientras tanto, dejamos para después aquello que verdaderamente da sentido a la existencia: compartir, servir, formar, amar, aprender, enseñar, construir.

La reflexión final es tan sencilla como profunda. Llegamos a este mundo sin posesiones porque no somos propietarios del planeta ni del tiempo que nos ha sido concedido. Somos viajeros temporales, responsables de nuestras acciones y de las consecuencias que éstas generan en la sociedad y en el entorno que compartimos.

Al igual que llegamos partiremos con las manos vacías, entre ambos momentos transcurre la vida, y es ahí donde se define nuestra verdadera responsabilidad: decidir qué huella vamos dejando en la sociedad, qué legado entregaremos a quienes continúen en el camino;  nuestras acciones deben ser el de respetar la Pachamama;  porque  al final, somos dueños de nada, pero responsables de todo.