La palabra y el arte: postulación de la identidad lojana al Premio Eugenio Espejo

Efraín Borrero Espinosa

Hablar de Loja es evocar un manantial inagotable de sensibilidad a través de su cultura reflejada en una inmensa tradición musical, literaria y artística. Este año, el orgullo lojano se viste de gala ante la convocatoria al Premio Nacional Eugenio Espejo 2026, con la postulación de dos titanes lojanos: el escritor Carlos Alfonso Carrión Figueroa y el escultor Paúl Amadeus Palacio Collmann. Sus candidaturas ante el Ministerio de Cultura y Patrimonio no son hechos fortuitos, sino el eco institucional de trayectorias destacadas que han sabido universalizar el sentir de nuestra tierra.

El Premio Nacional Eugenio Espejo fue instituido durante la dictadura militar del General Guillermo Rodríguez Lara quien dictó dos decretos supremos: el primero, publicado en el Registro Oficial número 869 del dieciocho de agosto de 1975, en el cual lo estableció legalmente como la máxima distinción del Estado ecuatoriano para reconocer a ciudadanos que han aportado de manera sobresaliente a la cultura, el arte, la literatura y la ciencia en el país, y declaró oficialmente al nueve de agosto como el Día Nacional de la Cultura en honor a la fundación de la Casa de la Cultura Ecuatoriana. También determinó que el premio se entregaría cada dos años a un único ciudadano vivo.

El segundo, publicado en el Registro Oficial número 875 del veinte y seis de agosto de 1975, en el que definió el sistema de conformación de ternas y el rol de las instituciones encargadas de calificar a los postulantes. Así mismo, reguló los estímulos materiales que acompañan al reconocimiento.

Hasta 1984 el premio fue unipersonal y recayó en José María Vargas. A partir de 1986 se diversificó a las áreas referidas en el primer decreto. El veinte de marzo de 2022, mediante Acuerdo Ministerial, el Ministerio de Cultura y Patrimonio dictó el instructivo para determinar las categorías en las que se puede participar, siendo las siguientes: Creaciones, Realizaciones o Actividades a favor de la Cultura o de las Artes; Creaciones, Realizaciones o Actividades Literarias; y, Creaciones, Realizaciones o Actividades Científicas.

En cuanto al premio se estableció que a las personas naturales se entregará una medalla, un diploma, una suma de dinero fija más una pensión vitalicia mensual. El premio para personas jurídicas de derecho privado o público, con domicilio legalmente establecido en el Ecuador, consistirá en la entrega de una medalla y un diploma.

Los requisitos para las candidaturas se contraen a las siguientes exigencias: Las personas naturales deben tener nacionalidad ecuatoriana, acreditar una labor continua y de notoriedad pública de al menos veinte y cinco años en una de las tres categorías habilitadas y demostrar que su obra o gestión representa un aporte sobresaliente para el desarrollo cultural o científico del país.

El ilustre escritor lojano, Benjamín Carrión Mora, fue el primero en recibir este galardón en 1975. Años después otros destacados lojanos también se hicieron acreedores al premio: Alejandro Carrión Aguirre, poeta, novelista y periodista; Eduardo Kingman Riofrío, pintor, grabador y muralista;  Alfredo Palacio Moreno, escultor y pintor;  Ángel Felicísimo Rojas, escritor, periodista y articulista; Nicolás Kingman Riofrío, escritor y periodista; Edgar Augusto Palacios, compositor y trompetista, quien además ostenta el Doctorado Honoris Causa conferido por la Universidad Nacional de Loja; Diego Luzuriaga Arias, músico, compositor e investigador; y, Carlos Eduardo Jaramillo Castillo, poeta.    

La candidatura de Carlos Alfonso Carrión Figueroa, nacido el veinte y cinco de enero de 1944 en Malacatos, ha sido impulsada por la Universidad Técnica Particular de Loja (UTPL) en la categoría “Realizaciones o Actividades Literarias”, coincidiendo con la presentación de su más reciente novela titulada “La mujer que despiojaba a monseñor”. En el evento realizado en el Auditorio del Centro Regional Quito de la UTPL se destacó su excepcional calidad, calificándola como un hito en la narrativa contemporánea.

Además de contar con el aval académico de la UTPL, su postulación ha sumado el apoyo del Municipio de Loja, la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo de Loja, la editorial Saeta Profunda y otras organizaciones culturales.   

Carlos Carrión, poseedor de una de las trayectorias literarias más sólidas y extensas de la región sur, es Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad Nacional de Loja y Doctor en Letras por la Universidad Complutense de Madrid. En cierta ocasión confesó que desde 1975, cuando retornó de España, escribe diariamente como si fuera «un trabajo de oficina». Es posible comprender, entonces, que su mundo creativo no se puede entender sin su paso por la península ibérica, un periplo que transformó su sensibilidad literaria sin apartarlo de sus raíces.

Fue en España donde el destino no solo refinó su pluma con las influencias de la vanguardia europea, sino que transformó su vida personal al contraer nupcias con Flora Delfina Gutiérrez Pernía, su compañera de vida. No obstante, a diferencia de otros autores que asimilan el viejo continente diluyendo su origen, Carrión Figueroa regresó al Ecuador para inyectarle a la narrativa un tono irónico, magistral y profundamente lojano, así como para consagrar treinta y ocho años a la docencia en la Universidad Nacional de Loja, dejando una huella profunda en la formación de generaciones de humanistas y autores locales. Su visión transformadora lo llevó a fundar, en dicha institución, un taller de escritores.   

Su obra ha sido ponderada por figuras de talla intelectual, entre otros, por Ernesto Sábato, Benjamín Carrión y Galo Guerrero Jiménez, quien, en una enriquecedora entrevista a Carlos Carrión, hizo notorio que el novelista ha elevado su nombre tras décadas de enriquecer el fino lenguaje que hoy lo consagra. Estoy seguro que ese fue el mérito que le abrió las puertas a su incorporación como Miembro Correspondiente de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, en una ceremonia realizada el veinte y seis de julio de 2024, en la que leyó su discurso titulado «Aproximación a la belleza literaria y la verdad»

En la página web institucional de esa Academia consta que es autor de once novelas y trece libros de cuentos y que ha obtenido los premios Universitario Virgen del Carmen, Zaragoza, José de la Cuadra, Joaquín Gallegos Lara, Pablo Palacio, Miguel Riofrío y Latin Heritage Foundation; además, ha merecido la presea Isabel la Católica, Medina del Campo, Valladolid. Textos suyos han sido traducidos al inglés, italiano, hebreo y chino mandarín. Consta en las antologías nacionales de Cecilia Ansaldo, Raúl Vallejo, Miguel Donoso, Jorge Enrique Adoum y en las internacionales de Julio Ortega y Carlos Ferrer.

La grandeza de Carlos Carrión Figueroa se manifiesta hoy con la fuerza de una presencia imprescindible en nuestras letras. Como educador emérito, su voz continúa con absoluta lucidez entre quienes recibieron la sapiencia de sus conocimientos. En definitiva, su trayectoria brilla con vigor labrando la huella viva e indeleble de un ilustre escritor lojano. 

El destacado artista Paúl Amadeus Palacio Collmann, nacido en Loja el veinte y dos de diciembre de 1942, ha sido postulado con total justicia al Premio Nacional Eugenio Espejo en la categoría “Realizaciones o Actividades a favor de la Cultura o de las Artes”, por la Corporación Provincia de Santa Elena Competitiva (CEPSEC), honrando su profundo arraigo en Salinas, ciudad costera donde reside desde hace años y a la cual ha servido con su fructífera labor artística. 

Viene de una ilustre estirpe lojana que ha engrandecido el firmamento de la cultura ecuatoriana con sus obras escultóricas regadas por varias ciudades del país, glorificando la memoria de los prohombres de la patria. Bien vale decir, de forma literal, quepor las venas de Paúl Palacio corre la historia de la escultura ecuatoriana.

Sus primeros pasos en la plástica los dio a la sombra protectora de su padre, el eminente maestro Daniel Elías Palacio Vélez, quien estuvo casado con la dama alemana Eve Marie Collman. Aquellas andanzas infantiles y juveniles junto a su progenitor no fueron meros paseos familiares, sino un aprendizaje itinerante por los talleres del país. Su padre, un genio lojano que esculpió monumentos que hoy forman parte de la identidad nacional, le transmitió el valor que representan los materiales y el volumen.

Paúl Palacio creció entre el olor al barro cocido de los talleres y el eco de las herramientas que daban forma al mármol y al bronce. Esas andanzas tempranas le enseñaron a observar el mundo con los ojos de un hacedor de realidades. Al asimilar el colosal legado paterno, no se limitó a replicarlo, sino que forjó su propia identidad visual.

En 1956, Daniel Elías Palacio Vélez, quien un año atrás se había separado de su esposa, viajó a Cuenca acompañado de su inseparable hijo Paúl Amadeus, llamado por el Canónigo Manuel María Palacios para construir las dos grandes puertas de bronce de la nueva Catedral. Por razones económicas solo se construyó la que da al Parque Calderón. En esa obra, que es una belleza artística, Paúl Amadeus, con tan solo catorce años de edad, aportó con su pequeño grano de arena.

En 1959 se hizo cargo del taller de su padre quien empezó a sufrir problemas de salud. En 1965 elaboró un busto en bronce de Jacqueline Kennedy que lo obsequió para adornar el salón principal de la Biblioteca «John F. Kennedy de la ciudad de Washington.

En 1966, Carlos Cueva Tamariz y Lauro Ordoñez Espinosa lo invitaron para que sea profesor en el Colegio Experimental Americano de Cuenca, en donde enseñó a elaborar bustos, relieves y esculturas, generando una promoción de discípulos muy aprovechados.

Su vasta obra escultórica reluce en algunas ciudades del país. A manera de ejemplo se puede destacar que en Loja está perennizada en los bustos de José Rodríguez Witt, Manuel Carrión Pinzano y en dos grupos artísticos de tres figuras cada uno, ubicados en el Teatro Bolívar. En Ambato está en las estatuas de Juan León Mera, Juan Montalvo, Luis A. Martínez, Pedro Pinto Rubianes, José M. Correa y del torero Germán Barona. En Gualaceo, en el Monumento a la Madre. En Guayaquil, en el gran mural en relieve del interior del Palacio Municipal; en el mural de piedra de la suite presidencial del Aeropuerto; en los murales interiores del Banco Central y en el grupo escultórico formado de alegorías en fibra de vidrio titulado “La Anunciación”, para la iglesia del mismo nombre. En Quito, en los bustos de Carlos Mantilla Jácome y de los hermanos Carlos y Jorge Mantilla Ortega, ubicados en las instalaciones de Diario El Comercio. En Cuenca, en los monumentos que rinden homenaje al Libertador Simón Bolívar, a Severo Espinosa y al Hermano Miguel.

Tantos trabajos sumados a la cátedra en la Universidad Laica de Guayaquil complicaron su vida, razón por la cual decidió radicarse en Salinas a fin de disfrutar del sosiego junto al mar.

La decisión final reposa ahora en el Comité de Selección, pero el veredicto del tiempo y de la historia ya ha sido dictado en los libros, aulas, plazas y galerías. Reconocer a Carlos Alfonso Carrión Figueroa y a Paúl Amadeus Palacio Collmann con el Premio Nacional Eugenio Espejo 2026, en las categorías que fueron postulados, no sería solo un acto de estricta justicia para dos trayectorias brillantes; sería el cumplimiento de una deuda histórica con la inagotable cantera cultural de Loja.

Las letras de Carrión y las formas de Palacio representan la esencia misma de una patria que se piensa y se esculpe desde la periferia con dignidad universal. El país tiene hoy la oportunidad de honrar la palabra y el arte en sus expresiones más puras, devolviendo la mirada al sur de la patria, para coronar a sus dos preclaros hijos.