Dr. Camilo Valdivieso Cueva, al mes de su partida

Santiago Armijos Valdivieso

Aunque sabemos que el precio a pagar por ser parte del breve escenario del existir es aceptar irrevocablemente que, en algún recoveco de las arenas del tiempo, debemos asistir a la cita sagrada e inmutable de la muerte. Será por ello que, cuando nos reunimos con tristeza en torno a un funeral, sin buscarlo, ni pretenderlo, sin llamarlo o anhelarlo, nos tornamos más sensibles y dóciles ante la realidades más profundas e insondables de la vida, en las que la pequeñez y la finitud se imponen a galope firme para recordarnos que nuestra vulnerabilidad es cierta y que con un minúsculo zangoloteo de Dios y de sus designios, somos solo un livianito polvo de estrellas, de ilusiones y espejismos.  

Todo aquello, se hace más notorio, complejo e inentendible, cuando debemos aceptar el viaje pacífico y silencioso, de un hombre bueno y generoso, quien durante su vida terrenal supo generar servicio y   generosidad a los amigos y a la sociedad en general, gracias a su palabra precisa, a su caballerosidad aquilatada,  a su rectitud constante, y a su aguda inteligencia, esculpida con el cincel de la disciplina, potenciada con el carisma del cristal y agrandada con la precisión de las matemáticas de las esferas. Ese es el caso del Dr. Camilo Valdivieso Cueva.

Nació en 1952, creció, aprendió las primeras letras y dibujó sus primeros sueños en la querida Loja, desde un templo familiar alegre y rebosante de amor a toda prueba, construido por sus padres: Dr. Jorge Valdivieso Moreno y doña Yolanda Cueva Cueva, y poblado y enriquecido por sus hermanos Sebastián (+), María Antonieta, Magdalena, Pablo, Roberto, Jorge Luis, Pedro, Soraya y Calixto. Eran tiempos en que en las familias numerosas había alquimia para que fluya mágicamente la felicidad y esta alcance a todos sus miembros, a través de las cosas más sencillas de las que brotan inmensas alegrías para ser repartidas en porciones iguales.

Desde ese algo ya remoto génesis de su vida, el hombre y el nombre Camilo Valdivieso Cueva, fue forjándose con estudio, constancia y superación, haciendo cada vez más grande su pequeño universo familiar con la llegada de sus amigos.

Desde esos tiempos, empezó a surgir alguien especial, cuando de cultivar amistades y empeñarse en servir se trataba. Su presencia carismática, afable y su chispa genial y caudalosa empezaban a manifestarse y a servir a los demás.

Fue a estudiar en Quito en el Colegio Loyola. Viajó a Europa y con extraordinaria facilidad aprendió otros idiomas como el polaco y el sueco. Conoció el mundo, se nutrió de él, le puso su impronta y regresó al Ecuador decidido a servir con convicción, esmero y honestidad desde las distintas y altas responsabilidades que lo comprometió la vida: la Superintendencia de Bancos, la Superintendencia de Compañías, la banca privada, la Junta Bancaria, el Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social. Desde esas trincheras de trabajo consolidó una trayectoria limpia, impecable y notable, en la que el ser y parecer de hombre honesto se conjugaron con las delicadas funciones.

Nunca confundieron, ni minaron, en sus postulados de buen y servicial profesional del derecho que fue, los altos cargos que ocupó, porque al contrario de la tendencia, esto lo hizo más humano a la hora de extender su mano para servir y ayudar a quien más pudo.

Su capacidad lo hizo sonar y resonar, sin buscarlo o anhelarlo, en muchos círculos jurídicos, empresariales, estatales y sociales, para identificarlo como un profesional a carta cabal que con luminosidad encontraba siempre una salida legal y precisa a cuanto problema llegaba a su consideración.

Como abogado llegó a manejar sólidos y precisos argumentos en temás complejos y variados como un proceso administrativo bancario, la conversión o escisión societaria, los recovecos de un contrato de seguro, o la revisión y mejoramiento de una ley o un reglamento financiero o monetario.

Como autoridad y funcionario público, de su escritorio se expedían precisas decisiones, resoluciones, consultas e informes, llenas de inteligente motivación jurídica e impregnadas de prosa clara y exquisita, inmunizada de superficialidad y mediocridad.

Era dueño de una caligrafía que era arte y su enorme sensibilidad le permitió identificar, saborear y respirar la mejor música y los poemas más sublimes.

En sus escasos momentos de tiempo libre, daba paso a su afición por los autos clásicos, a los que con paciencia de hilador, orden teutónico y, perfeccionismo suizo, los dejaba listos para compartirlos con la familia y los amigos.

Su sed de cultura fue insaciable y su prodigiosa memoria era fuente de consulta certera para propios, amigos y extraños.

Al igual que sus padres y hermanos fue un maestro para conjugar la palabra amistad; normalmente, lo hacía para siempre y era tan grande que tocaba a varias generaciones de amigos, grupos y cofradías que le tendieron la mano. Tal es así que soy testigo de primera fila lo que hizo en eventos jurídicos en Ecuador, Panamá, Colombia, Guatemala, Chile y Argentina.

Si había algo que lo contrariaba eran el individualismo y la mezquindad, porque siempre estuvo identificado con los postulados de la solidaridad y la fraternidad. Por ello, brindó su mano amiga a quien la necesitaba o a quien se quedaba atrás.

Recuerdo con atrevida nitidez que entre las hipnotizantes conversaciones que tuvimos, le gustaba diseccionar, con bisturí de anatomista, la letra de una canción de Rubén Blades, cantada por Julio Iglesias , que más o menos decía así:

“Nadie escoge a su familia/ O a su raza cuando nace/ Ni el ser rico, pobre, bueno, malo
Valiente o cobarde/ Nacemos de una decisión/ Donde no fuimos consultados/ Y nadie puede prometernos resultados/// Somos una baraja más/ De un juego que otro ha comenzado/ Y cada cual apostará/ Según la mano que ha heredado/ La vida es una puerta/ Donde no te cobran por la entrada/ Y el alma es el tiquete que al vivir/ Te rasgan cuando pagas/ Y cada paso crea una huella/ Y cada huella es una historia/ Y cada ayer es una estrella/ En el cielo de la memoria/ Y la marea del tiempo/ Lleva y trae nuestras contradicciones/ Y entre el regreso y la despedida/ Cicatrizan los errores/// Y cada amigo es la familia/Que escogemos entre extraños/ Y entre la espera y el encuentro/ Uno aprende con los años./// Del nacimiento hasta la muerte/ Toda vida es una cuesta/ De nuestra voluntad depende la respuesta. ///Sueño con un mundo diferente/ Donde nuestro amor nunca se acabe/ Donde nunca desechemos la razón de los demás/ Donde jamás olvidemos dar la mano/Al que se queda atrás”.
 Seguramente, la mayor satisfacción que generaba a Camilo, era precisamente los versos que decían: Donde nunca desechemos la razón de los demás, donde jamás olvidemos dar la mano
al que se queda atrás”.
 Sin duda, esa fue su verdadera esencia que la ejecutó durante toda su vidad. Precisamente, de ese exquisito y delicado material humano estaba hecho mi tío Camilo Valdivieso Cueva que, si me apuran lo puedo condensar en las palabras bondad, derroche de espíritu, talento ilustrado y mano amiga. Qué hermosa filosofía de vida, que maravillosa arquitectura humana para ejercer el oficio de existir.

Destaco que la identificación de Camilo con Loja, como un espontáneo latir de su corazón, fue permanente e intensa, al punto que siempre estaba pendiente de ella. En su últimos años de vida su hermano Pedro Valdivieso Cueva le compartíó diariamente los periódicos lojanos y lo mantenía al tanto de todo lo que sucedía en nuestra querida ciudad de los ríos, los pasillos, los amigos, las plumas y las guitarras.

Pero su corazón gigante también fue de Quito, ciudad que tanto le dio y a la que tanto sirvió. Allí sembró y cosechó entrañables amigos como los que lo acompañaron en gran numero en sus funerales, allí nacieron sus nietas Doménica y Sofía, y allí vive su mayor cariño, su hijo Camilo Valdivieso Eguiguren, quien junto a sus hijas prolongan su existencia.

Ahora que Camilo Valdivieso Cueva puede volar, sin el límite del tiempo, de las distancias y de los linderos, vendrá a visitarnos espiritualmente más seguido en Loja.  A manera de invitación, le dejo unas letras que para lojanos como él, las escribí en mi libro “Retazos”. Estas dicen así: ///Cuando el espíritu desmaye y la sed de cariño se agigante, regresa al rincón donde nacieron tu vida, tus sueños y tu ilusión./// Si te embriaga el sinsentido y el aire aprieta las angustias, es hora de oler buganvillas y alimentarse del afecto que brota de los tuyos con pasión./// En el momento en que la alegría no te alcance y todo lo veas en lontananza, refúgiate en el viejo vecindario en el que germinaron los amigos tiernos con devoción./// Si la nostalgia empaña tu existir y tu alma no encuentra por quien soñar, retorna a tu tierra de campanas, recuerdos y emoción./// Cuando navegues por el mundo inmenso y las brutales olas rasguen las velas de tus entrañas, refréscate en el agua de la fuente de tierra lojana para que sane tu corazón.

Descanse en paz.