PROFETAS DE AYER Y HOY

P. MILKO RENÉ TORRES ORDÓÑEZ

La Sagrada Escritura narra la historia, misión y vida de hombres y mujeres que recibieron el llamado de Dios para anunciar buenas noticias y denunciar injusticias y violencia. Ellos abogaron por la verdad con el precio más alto: su propia vida. Los profetas, seres humanos que vivieron en ambientes culturales diversos, con una personalidad definida y carismas especiales, cambiaron costumbres y edificaron con valores nuevas formas de vida. Nos viene a la memoria una de las frases del Papa León en su reciente visita a España: “Cuando el Señor te llama, tienes que decir que sí”. La Virgen María pronunció un “Sí”, solemne y edificante, en el momento de la encarnación del Hijo de Dios en sus entrañas puras y predestinadas a entregar la salvación a la humanidad.

En la vocación de los santos, testigos de la fe, la respuesta a la invitación divina a trabajar en la viña del Señor, constituyen signos evidentes de una sagrada misión. La persona que recibe el sacramento del bautismo renace a una vida nueva, gracias a su pertenencia a la Iglesia, con el Espíritu Santo. Fortalece su caminar en la fe con los dones recibidos en la confirmación. La liturgia de este domingo presenta, en la lectura del Antiguo Testamento, un relato que conmueve. Un joven israelita que recibió el encargo profético de plantar y derribar, habla a Dios con palabras que parecen un lamento y una protesta: “Yo oía el cuchicheo de la gente que decía: denunciemos a Jeremías, el profeta del terror…Si se tropieza y se cae, lo venceremos y podremos vengarnos de él”.

La pregunta que surge, tan lógica y justa, puede ser: ¿Qué mala acción realizó para merecer tanta resistencia? Sin embargo, Jeremías, hombre de fe, reflexiona: “El Señor, guerrero y poderoso, está a mi lado; por eso mis perseguidores caerán por tierra y no podrán conmigo, quedarán avergonzados de su fracaso y su ignominia será eterna e inolvidable”. La palabra profética, una espada de doble filo, derriba del trono a los poderosos, y enaltece a los humildes, en palabras de la Virgen María en el Magníficat, cántico de alabanza y entrega a los designios divinos.

El autor del salmo 88 recalca la grandeza de un solo Dios: “Que lo alaben por esto, cielo y tierra, el mar y cuánto en él habita”. San Pablo, en la carta a los Romanos, profundiza en la dimensión salvífica de Jesucristo: “Si por pecado de un solo hombre todos fueron castigados con la muerte, por el don de un solo hombre, Jesucristo, se ha desbordado sobre todos la abundancia de la vida y la gracia de Dios”. Por Adán y Eva, que desobedecieron el mandato de Dios, heredamos el pecado original, por la obediencia del Hijo recibimos el don de la filiación divina. Jesús, el más grande de todos los profetas, nos ensenó a amar con el corazón y a predicar con la verdad: “No teman a los hombres. No hay nada oculto que no llegue a descubrirse; no hay secreto que no llegue a saberse”. Nos invita a reconocerlo delante de los hombres. Quiere que asumamos el don profético que lo llevó a morir en la cruz.