Un pacto de experiencia radical y de alteridad entre el escritor y el lector

Galo Guerrero-Jiménez

El ser intelectual que produce la obra, y el que la lee, no conforman “en absoluto, un simple pacto de coexistencia agradable entre dos personas, sino la experiencia radical, tal vez la única que pueda serlo hasta tal punto, de la existencia del otro” (Badiou, 2025) a través de su pensamiento escrito que en calidad de autor, acude al encuentro del lector con lo más altivo y granado que tiene para brindarle desde la experiencia de su cognición, un registro lingüístico, quizá desde el amor universal de su alteridad para atraerlo a ese lector, a ese otro, que siendo diferente, pueda encontrarse en ese mundo de letras que, a la par que le sirven para conocer el mundo de esa alteridad escritorial, es capaz de adentrarse cerebral y emotivamente desde el gozo más elocuente que puede brindarle la otredad de esa obra escrita, puesto que, cuando el lector se deja atrapar por esa alteridad desde la mediación que le ofrece el escritor a través de su lenguajear, “entonces la obra, ya no el autor, continúa con su proceso de permanente gestación y nunca podrá cerrarse porque cada vez que alguien la interpreta producirá plusvalía semántica. [Pues], una obra, cualquiera sea su género, existe porque alguien la abre y la interpreta. Al interpretar, el lector completa la obra (…). Cómo la interpreta, es otro asunto. Infinitas representaciones, según sea la experiencia cognitiva del lector, habrán de constituir ese mundo interior, propio del pensamiento, en el acto dialógico de la lectura” (Jurado Valencia, 2006).

Así se manifiesta, por lo tanto, esa experiencia radical entre la obra y el lector. En este caso, como señala Iván Égüez, “la relación lectura/creación es más que recíproca, es envolvente, rotunda, ineludible. No solo porque todo escritor está hecho de lecturas memorables, así como todo lector tiene su propio santoral de autores, sino porque hay un nivel en que la lectura y la escritura son lo mismo, mutuamente se contienen e, incluso, se vuelven simultáneas” (2006), con lo cual se cumple ese pacto de la alteridad, en cuanto la existencia de cada otredad, la del autor y la del lector, se vuelven, en efecto, identificables, envolventes, rotundas, con lo cual, el gozo, incluso, el conocimiento de esa realidad escritorial, así sea ficticia, o quizá por eso mismo, es elocuente, dado que, si nos adentramos en el mundo de la educación escolarizada desde esta óptica: “La lectura no es solo una competencia escolar, sino una experiencia vital que permite a niños y jóvenes comprenderse como sujetos, interpretar el mundo y construir pensamiento propio. Leer con sentido desarrolla criterio, sensibilidad y empatía. Por ello, hablar de fomento lector es hablar de formación integral, bienestar y convivencia social” (Velásquez Guzmán, 2026) participativa, elocuente.