Galo Guerrero-Jiménez
Intervenir en la lectura de un texto de forma activa, axiológica, cognitiva y estética, para generar reflexiones e interpretaciones de carácter metalingüístico activando todos los dispositivos mentales desde la atención y la concentración para que, desde el silencio, y si es posible desde la contemplación en cuanto representa la paz del alma en nuestra interioridad personal y del espacio en el que nos encontramos, se haga conciencia del lenguaje, de lo que el lector lee, cómo lo lee, para qué lo lee y qué beneficios extrae invirtiendo un tiempo valioso para su formación, y qué mejor si se lo hace desde el instinto artístico, en cuanto la exquisitez de las palabras que el lector las siente en lo más profundo de su constelación intelectual, emocional y espiritual, se debe a que, como señala el profesor español Ángel Martínez de Lara:
“Quien lee no se justifica. No necesita, ni de lejos, alegar mínimas razones ni exhibir credenciales. Lee porque está educado en la lectura y hace de ella una forma natural de estar en el mundo. El libro, más aún, el libro elegido no es tanto erudición como diálogo; el marco abierto de dos conciencias, la propia y la ajena, acogidas en el placer del lenguaje. No hay excepción, sino continuidad. Se da el tiempo aún y a pesar de la más exigente de las jornadas, incluso se toma la lectura como un descanso; al margen de la más apretada de las agendas para el lector, el libro siempre tiene cabida” (2026).
En esencia, la lectura de un texto elegido desde la más plena autonomía, es tan natural como lo es la misma Naturaleza de nuestro planeta: su crecimiento es estético, se desarrolla en paz, con un lenguaje auténtico, exquisito, lleno de esplendor, de colores y de figuras en cuya divinidad, el observador, es decir, el lector, contempla al Ser Supremo que se presenta sin hostigamiento y cuyos frutos, que se cimentan en la tierra, crecen libres de ninguna utilidad y a partir de una aparente inactividad, tal como el lector tiene un texto en sus manos o en un medio electrónico para apropiarse de ese lenguaje que le da luces y en cuyo contenido disfruta, tal como se deleita cuando contempla el paisaje de la naturaleza, el de su ecosistema, sosteniendo nada más que la atención y la concentración para descubrir, desde el delite, que ella, la naturaleza posee una inagotable riqueza que está en el fruto de su interioridad, la cual al contemplarla, se vuelve poética, tal como sucede con la interioridad del pensamiento narrativo que reposa en las dos conciencias: la del texto y la del lector que confluyen en un microcosmos de lucidez mental para captar la naturaleza del texto, tal como se capta la naturaleza del cosmos; pues, convergen en una misteriosa analogía de éxtasis en el conocimiento del lenguaje; un lenguaje tan interior que florece en la naturaleza y en la deidad poético-narrativa del lector.
